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Los sacerdotes de la CMRI

(Los sacerdotes marianos)

Para que la Congregación María Reina Inmaculada cumpla con su misión de preservar las doctrinas y tradiciones de la única fe verdadera, debe tener sacerdotes para defender estas enseñanzas y adiministrar los sacramentos vivificantes de la Iglesia. La meta de esta Congregación es formar el tipo de sacerdotes marianos por los cuales oró san Luís María de Monfort hace dos siglos: “...verdaderos siervos de la Bienaventurada Virgen, que, como santo Domingo, viajarían a todas partes con la ardiente y brillante antorcha de los santos evangelios en su boca y con el santo rosario en sus manos...” (Súplica ardiente para obtener misioneros).

Los sacerdotes marianos profesan los simples votos religiosos de pobreza, castidad y obediencia, y viven de acuerdo a una regla similiar a la de otras congregaciones marianas. Su espíritu es claramente mariano, y está basado en la consagración total a la Santísima Virgen María, tal como fue enseñada por san Luís María de Montfort.

Dentro de la Congregación existe una costumbre que simboliza la misión de los sacerdotes marianos y su dedicación a Nuestra Señora. Inmediatamente después de la ceremonia de ordenación, el recién ordenado se arrodilla junto con sus hermanos-sacerdotes ante una imagen de Nuestra Señora para renovar sus votos religiosos, así como su lealtad para sostener y defender todas las doctrinas y tradiciones de la santa Iglesia católica romana. A esto se le une un juramento de nunca ofrecer el santo sacrificio de la misa de otra manera que la prescrita por el papa san Pío V y el santo Concilio de Trento.

Los sacerdotes marianos se ocupan de un apostolado activo que incluye el trabajo parroquial, la enseñanza, la edición y publicación de literatura católica, y el viajar para poner la misa y los sacramentos a disposición de católicos que no tienen sacerdotes en su región. Como resultado, son responsables de parroquias en doce estados norteamericanos, así como en Canadá y Nueva Zelanda.

Un sacerdote mariano es diferente del grueso de los sacerdotes modernos, pues él sirve por mandato de Jesucristo y la Iglesia católica romana, no de la moderna iglesia conciliar. Tiene asegurada una ordenación válida, puesto que la recibió en el rito tradicional, el cual ha estado intacto por muchos siglos, y no según el ritual revisado y adulterado de 1968. Esto lo hace un verdadero representante de Jesucristo, con el poder y deber legítimo de administrar los sacramentos de la Iglesia católica.

Un sacerdote mariano celebra solamente la tradicional misa latina, en la que repite el gran Sacrificio del Calvario, y mediante la cual se convierte en canal de la gracia para su rebaño. Cuando administra el sacramento de la penitencia, concede la absolución, en confesión privada, a todos los que verdaderamente están contritos. De ese modo borra el pecado y ocasiona la sanación de las almas. A través del bautismo presenta almas a Dios, y a los que se hallan en peligro de muerte administra el sacramento de la extremaunción y con ello les prepara sus almas para la gloria. Además, aconseja a los jóvenes, hombres y mujeres, que se preparan para el matrimonio y la paternidad en una sociedad que ya no cree en la santidad de ninguno, y los une en santo matrimonio.

El sacerdote mariano tiene un gran poder, una gran responsabilidad y una gran carga laboral. A causa de los retos únicos a la fe católica tradicional, y los retos a la misma institución del sacerdocio, necesita él estar bien versado en cuestiones teológicas y filosóficas. En ocasiones, necesita cumplir los roles de consejero, maestro, orador y hasta de contador. Puede que tenga parroquia, pero, con la presente carencia extrema de clérigos católicos tradicionalistas, sus responsabilidades se extienden a otros lugares. Habiendo ofrecido una o dos misas cada domingo por la mañana en su parroquia residencial, quizá después tenga que viajar cientos de kilómetros por automóvil o avión para ofrecer el Santo Sacrificio en otra localidad por la tarde. Tal vez sea llamado para administrar la extremaunción a cualquier hora del día o la noche. Al acercarse el nuevo milenio, debe él luchar por guiar a su rebaño a la salvación en un mundo que parece estar más pronto a servir a Satanás que a Cristo.

Un sacerdote de la Congregación María Reina Inmaculada toma los votos religiosos de pobreza, castidad y obediencia. Al criterio de las mayorías, estos votos son vistos como restrictivos y onerosos, pero, en realidad, lo liberan. Con nada mundano que ganar o perder, el religioso puede fácilmente guiar a otros por este mundo hacia el otro. Con el voto de la pobreza tiene la libertad para concentrarse tanto en las cosas espirituales como en las cosas materiales sin estar atado a las posesiones mundanas. Su voto de castidad encauza su fidelidad, devoción y energía hacia Cristo y la Iglesia, y no a algún individuo; así queda libre para tratar con las muchas responsabilidades del sacerdocio. Permanece concentrado, y no dividido, en sus lealtades e intereses. Con el voto de obediencia a Dios, en la persona de sus superiores, el sacerdote alcanza verdadera humilidad y queda libre para imitar a Nuestro Señor sin la mancha de la falsa piedad. La humildad obediente lo capacita para perseguir la santidad sin hacerse santurrón. Si es un buen ejemplo de Cristo, su rebaño no tendrá dificultad en seguir los pasos de los santos. Al vivir una vida dedicada a Dios, a nuestra Santa Madre y a la salvación de las almas, el sacerdote crecerá en sabiduría y santidad, y llegará a conocer, amar y servir a Dios y a su prójimo como nadie más puede.

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Obispo Mark A. Pivarunas, CMRI
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