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Vocaciones Religiosas y Sacerdotales

Por el Obispo Mark A. Pivarunas, CMRI

Fiesta de San José
Marzo 19, 1998

Amados en Cristo,

Uno de los santos patronos especiales de las vocaciones religiosas y sacerdotales es San José, el fiel esposo de la Bienaventurada Virgen María y padre adoptivo de nuestro Divino Salvador Jesucristo. La razón para ello viene de su principal vocación en la vida, la cual era guardar y protejer a la Virgen de Vírgenes y al Eterno Sumo Sacerdote.

Durante este mes de marzo, que está dedicado a San José, orémosle para que haya un incremento en las vocaciones a la vida religiosa y el santo sacerdocio. En esta carta pastoral, consideremos brevemente la voación a la vida religiosa y al santo sacerdocio.

¿Qué es una vocación? La palabra se deriba del latín vocare, llamar, por lo que una vocación es un llamado. En general, todo mundo tiene una vocación, un llamado, pues Dios Todopoderoso les da a todos talentos y habilidades particulares para proveer a las diferentes necesidades del Cuerpo Místico de Cristo. Para muchos, su llamado es al estado de matrimonio: ser buenos esposos y esposas, ser buenos padres y madres, criando a sus niños en el temor del Señor. La palabra vocación, sin embargo, se utiliza por lo común cuando se habla de una persona escogida por Dios para ser religioso o sacerdote.

En el Nuevo Testamento, encontramos muchas referencias al llamado de las almas por Dios para su servicio. Entre ellas, en el Evangelio de San Mateo, leemos de un jóven que fue ante Jesús y le preguntó qué debía hacer para tener la vida eterna. Jesús contestó:

“‘Guarda los mandamientos’... El joven le dijo: Todo esto lo he guardado desde mi juventud. ¿Qué más me hace falta? Jesús le dijo: ‘Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven y sígueme’” (Mt. 19:16-22).

En otra parte del mismo Evangelio, San Pedro preguntó a nuestro Divino Señor cuál sería la recompensa que él y los otros Apóstoles recibirían por haber dejado todo para seguirle, y Jesús contestó:

“De cierto os digo que... cualquiera que haya dejado casas, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o mujer, o hijos, o tierras, por mi nombre, recibirá cien veces más, y heredará la vida eterna” (Mt. 19:28-29).

¿Por qué hace Nuestro Señor esta gran promesa a los que le siguen como sacerdote o religioso? La razón está en que ellos están dedicados exclusivamente a su servicio. En su epístola a los Corintios, San Pablo explica las grandes ventajas de la vocación sacerdotal o religiosa:

“El soltero tiene cuidado de las cosas del Señor, de cómo agradar al Señor; pero el casado tiene cuidado de las cosas del mundo, de cómo agradar a su mujer: está dividido. La doncella y la virgen tienen cuidado de las cosas del Señor, para ser santa así en cuerpo como en espíritu; pero la casada tiene cuidado de las cosas del mundo, de cómo agradar a su marido” (I Cor. 7:32-34).

En su encíclica Sacra Virginitas, el papa Pío XII reiteró esta verdad explicada por San Pablo:

“Es fácil ver, por tanto, por qué las personas que desan consagrarse a sí mismas al servicio de Dios, abrazan el estado de virginidad como una liberación, a fin de estar más enteramente a la disposición de Dios y dedicadas al bien de su prójimo. ¿Cómo, por ejemplo, pudo un misionero como San Francisco Xavier; un padre de los pobres, como el misericordioso San Vicente de Paúl; un celoso educador de las juventudes, como San Juan Bosco; una infatigable ‘madre de los emigrantes’, como San Francisco Xavier Cabrini; cómo pudieron ellos haber logrado tales gigantescas y penosas labores, si cada uno hubiera que cuidar de las necesidades corporales y espirituales de una esposa o esposo e hijos?”

La castidad y el celibato implican un gran sacrificio por parte del sacerdote y del religioso, y fue por este motivo que Jesucristo dijo:

“No todos son capaces de recibir esto [la virginidad o el celibato], sino aquellos a quienes es dado... El que sea capaz de recibir esto, que lo reciba” (Mt. 19:11-12).

Nuestra Santa Madre la Iglesia, en su sabiduría y prudencia no permite que se ordene al sacerdocio o que se tomen los votos finales hasta que haya uno sido probado suficientemente en sus vocación. Sólo porque una persona desee ser religioso o sacerdote no significa que tengan una verdadera vocación. Una verdadera vocación se conoce cuando el individuo entra a un convento o a un seminario y vive la vida de religioso o sacerdote. Durante dicho tiempo, se vuelve aparente a los superiores y aspirantes si el candidato es en verdad llamado. Por eso es muy importante que nuestros laicos se den cuenta que cuando alguien deja el convento o el seminario en los primeros años, no deberían éstos ser tachados o menospreciados como habiendo rechazado su vocación.

Es por esta misma razón, el ensayar la vocación de uno, el ponerlos a prueba, que un religioso o seminarista va a través de varios pasos o grados antes de la profesión final o antes de la ordenación al sacerdocio. Para las congregaciones religiosas, la ley canónica regula una postulancia de seis meses, seguida de un año (en ciertas congregaciones son dos años) de noviciado. Durante este tiempo, el jóven religioso está expuesto a la vida religiosa. Si desean ellos continuar en el convento, y si los superiores ven que poseen las cualidades necesarias (ambos espirituales y naturales) para ser un buen religioso, toman votos por un año, luego por tres años, y al final de sus votos trianuales, la profesión final. En realidad, una vocación religiosa es probada por cinco años y medio antes de tomar los votos finales.

La vocación al sagrado sacerdocio es probado de manera similar. Un seminarista pasa dos años en formación académica y espiritual en el seminario antes de poder ser un clérigo. Durante sus próximos dos años, avanza lentamente por las órdenes menores de Portero, Lector, Exorcista y Acólito, las cuales le otorgan las responsabilidades fundamentales asociadas con el sacerdocio. Durante sus primeros cuatro años, es libre de dejar el seminario si piensa que no es su vocación. Solamente después de estos cuatro años hace un compromiso final a la vida del celibato por medio de la ordenación al Subdiaconado.

¿Cómo sabe uno si se es llamado o no al sacerdocio o al estado religioso? Algunas veces los jóvenes se preocupan sobre su vocación; se preguntan cómo pueden saber si están llamados. Cada persona debe resolver el problema por sí misma.

Un craso error hecho por los jóvenes es pensar que si Dios los está llamando a su servicio, Él se los manifestará de manera extraordinaria. Pero no deben ellos esperar que un ángel se los diga. Esta no es ciertamente la manera usual en que se dan las vocaciones. El llamdo de Dios puede ser una voz interior, puede ser una cierta atracción espiritual por la vida religiosa o el sacerdocio, o puede ser un susurro apenas audible que se escucha ocasionalmente de Dios: “Ven, sígueme.”

La disposición más importante que deben tener nuestros jóvenes es el simple deseo de hacer la Voluntad de Dios. Así oró la Bienaventurada Virgen María en la Anunciación, “Fiat mihi secundum verbum tuum,” “hágase conmigo conforme a tu palabra.” Si nuestros jóvenes tienen esta actitud de conformidad a la Voluntad de Dios, encontrarán la vocación a la cual Dios les ha llamado en la vida. También es muy importante que reciban consejo por parte de sus directores espirituales o confesores, quienes los conocen muy bien espiritualmente y pueden darles consejo sólido.

El lugar principal para el fomento de las vocaciones es el hogar católico, el lugar donde los padres crian a sus hijos con un amor a Dios y su preciosa fe católica, donde los miembros de la familia frecuentan los sacramentos, y donde prevalece un espíritu de humildad, obediencia, amor entre sí, y la disciplina. Las vocaciones se fomentan a temprana edad cuando los padres enseñan a sus hijos, por palabra y ejemplo, un espíritu de generosidad y autosacrificio.

En su encíclica Ad Catholici Sacerdotii, el Papa Pío XI enseñó:

“Mas el primer y más natural lugar donde las flores del santuario deberían crecer y florecer casi espontáneamente, sigue siendo casi siempre la verdadera y muy cristiana familia. La mayoría de los santos obispos y sacerdotes cuya “alabanza la Iglesia declara” (Ecclo. 44:15) deben sus comienzos en la vocación y santidad al ejemplo y enseñanza de un padre fuerte en la fe y virtudes varoniles, de una madre pura y devota, una familia en la que el amor a Dios y al prójimo, unidos a la simplicidad de vida, ha reinado suprema.”

Los padres católicos deberían recordar que mayor bendición no puede venir sobre su familia que el tener llamado a uno de sus miembros a la vida religiosa o al santo sacerdocio. En su encíclica Sacra virginitas, el Papa Pío XII exhorta a los padres a reflejar sobre el gran privilegio que es para ellos el tener hijos llamados por Dios:

“Consideren los padres qué gran honor es ver a su hijo elevado al sacerdocio, o a su hija consagrar su virginidad a su Divino Esposo. En cuanto a vírgenes consagradas, el Obispo de Milán (San Carlos Borromeo) escribe: ‘Habéis oído, padres, que una virgen es un don de Dios, oblación de padres, sacerdocio de castidad. La virgen es un víctima de madre, por cuyos sacrificios diarios se aplaca la ira divina.”

Además, en los escritos del gran Doctor de la Igleisa, San Alfonso de Ligorio, encontramos que después del don de la verdadera fe, la vocación para servir a Dios es el mayor don que Dios pueda dar a un alma. El santo Doctor declaró que una vocación es una prueba singular del amor especial de Dios para con esa alma.

En nuestros propios tiempos, cuando hay tanta necesidad por sacerdotes y religiosos para llevar a cabo la misión de la Iglesia, debemos trabajar para incrementar las vocaciones. Pero, ¿cómo puede lograrse esto? La respuesta se encuentra en el Evangelio de San Mateo:

“Recorría Jesús todas las ciudades y aldeas, enseñando en las sinagogas de ellos, y predicando el evangelio... Y al ver las multitudes, tuvo compasión de ellas; porque estaban desamparadas y dispersas como ovejas que no tienen pastor. Entonces dijo a sus discípulos: A la verdad la mies es mucha, mas los obreros pocos. Rogad, pues, al Señor de la mies, que envíe obreros a su mies” (Mt. 9:35-38).

In Christo Jesu et Maria Immaculata,
Rvmo. Mark A. Pivarunas, CMRI

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