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El Papado

Por el Obispo Mark A. Pivarunas, CMRI

Santos Pedro y Pablo
Junio 29, 1997

Amados en Cristo,

Hace casi 2000 años en el antiguo distrito de Cesarea Filipo, nuestro Divino Salvador escogió a San Pedro como la roca sobre la cual él habría de fundar Su Iglesia. Prometió a San Pedro y, en su persona, a sus sucesores, la potestad suprema sobre la Iglesia universal “para atar y desatar.”

En tanto celebramos la fiesta de los Santos Pedro y Pablo, sería apropiado considerar el papado, el oficio de la Cabeza Suprema de la Iglesia Católica y del Vicario de Jesucristo en la tierra. Este tema es especialmente crítico en nuestros tiempos, cuando nosotros, que hemos permanecido fieles a la tradición, hemos sido tachados de desobedientes a Roma por rechazar la Misa del Novus Ordo y las falsas enseñanzas sobre el ecumenismo y la libertad religiosa, que emanaron del Segundo Concilio Vaticano.

Además, este tema es aún más crítico en cuanto es el único punto que divide hoy a los católicos tradicionales. Cuántos católicos tradicionales esperan la unidad, y con todo están divididos en este punto fundamental, el cual concierne a la moderna jerarquía posconciliar.

Repasemos las enseñanzas de Jesucristo y del magisterio infalible de la Iglesia católica a fin de entender mejor la naturaleza y prerrogativas del oficio divino del Papa.

En el Evangelio de San Juan, leemos cómo nuestro Divino Salvador escogió a sus doce Apóstoles y a Simón, hijo de Jonás, Cristo le había puesto por nombre Cefas:

“Y mirándole Jesús, dijo: Tú eres Simón, hijo de Jonás; tú serás llamado Cefas (que quiere decir, Pedro)” (Juan 1:42).

¿Por qué le cambió Cristo su nombre? ¿Qué importancia tendría este cambio en el futuro? Las respuestas a estas preguntas se encuentran en el Evangelio de San Mateo, donde leemos:

“Viniendo Jesús a la región de Cesarea de Filipo, preguntó a sus discípulos, diciendo: ¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre? Ellos dijeron: Unos, Juan el bautista; otros Elías; y otros, Jeremías, o alguno de los profetas. El les dijo: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Respondiendo Simón Pedro, dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente. Entonces le respondió Jesús: Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo también te digo, que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Y a ti te daré las llaves del reino de los cielos; y todo lo que atares en la tierra será atado en los cielos; y todo lo que desatares en la tierra será desatado en los cielos” (Mateo 16:13-19).

Jesucristo dio a Simón, hijo de Jonás, el nombre de Cefas (roca) pues sobre sobre él construiría Su Iglesia.

Esto es además probado por las palabras de nuestro Señor a San Pedro en ambos el Evangelio de San Lucas y el de San Juan:

“Dijo el Señor también: Simón, Simón, he aquí Satanás os ha pedido para zarandearos como a trigo. Pero yo he rogado por ti, que tu fe no falte; y tú una vez vuelto, confirma a tus hermanos” (Lucas 22:31-32).

“Jesús dijo a Simón Pedro: Simón, hijo de Jonás, ¿me amas más que éstos? Le respondió: Sí, Señor; tú sabes que te amo. Le dijo: Apacienta mis corderos... Pastorea mis ovejas... Apacienta mis ovejas” (Juan 21:15-17).

En los santos Evangelios, siempre se nombra primero a San Pedro en las listas de los Apóstoles (Mt. 10:2; Marcos 3:16; Lucas 6:14). En los Hechos de los Apóstoles, es Pedro quien dice que debe reemplazarse al apóstata de Judas (Hechos 1:15; 2:14) y es San Pedro quien primero se dirige a las masas el primer Domingo de Pentecostés.

Cuando investigamos los primeros siglos de la era cristiana, vemos cómo los sucesores de San Pedro en Roma ejercieron el poder de “las llaves del reino de los cielos” “para atar y desatar.”

El Papa San Celmente, escribiendo a los Corintios en el 96 D.C., mientras aún vivía el Apóstol y Evangelista San Juan, advirtió a ciertos perturbadores entre los Corintios que no desobedecieran lo que Cristo les había ordenado a través de él, así reclamando claramamente para sí la autoridad de Vicario de Cristo para mandar a toda la Iglesia como sucesor de San Pedro.

En el siglo segundo, el Papa San Víctor I (189-198) ordenó a los obispos de Asia a celebrar la Pascua en el mismo día que la Iglesia de Roma, y los amenazó con la excomunión si rehusaban su obediencia.

En el siglo tercero, el Papa San Calisto (217-222) declaró en contra de los Monatistas que por virtud del Primado que sostenía él como sucesor de San Pedro, tenía el poder para perdonar hasta los pecados más grandes.

El Papa San Esteban I (254-257) ordenó a las Iglesia africanas y asiáticas a no re-bautizar a los herejes, so pena de excomunión.

En el siglo cuarto, el Papa San Julio I (337-352) enseñó que las dificultades que surgieran entre los Obispos habrían de ser decididas por él mismo como Juez Supremo.

El Papa Siricio (384-399) enseñó que la Iglesia Universal había sido encomendada a su cuidado como quien había heredado el Primado de San Pedro.

Las declaraciones de los sucesores de San Pedro en la Sede de Roma a través de los siglos son tan explíctios y numerosos que sería superfluo dar más testimonios. Además de esta lista de sucesores de San Pedro que ejercieron el Primado de Jurisdicción sobre la Iglesia universal, el testimonio de los primeros Padres de la Iglesia y de los Concilios ecuménicos también confirman este punto. De nuevo tenemos recurso al testimonio de la historia.

San Ignacio Mártir (murió en el año 110), escribiendo a los romanos, dijo que la Iglesia de Roma es la cabeza de las demás iglesias.

San Ireneo dijo que sería muy largo ennumerar los sucesores de todas las iglesias; pero que mostrando la enseñanza tradicional de la Iglesia de Roma, se refuta a los herejes, pues es necesario que cada iglesia esté de acuerdo con la Iglesia de Roma por razón de su mayor autoridad.

San Cipriano llamó a la Iglesia de Roma la “Iglesia principal y la fuente de la unidad.”

En el Concilio de éfeso, en el año 431, Felipe, el Legado del papa, hizo la siguiente declaración y a la cual unánimemente consintieron los Padres del Concilio: “Nadie niega, pues en verdad fue conocido en todas las épocas, que el santo y bienaventurado Pedro, Príncipe y Cabeza de los Apóstoles, el pilar de la fe y el fundamento de la Iglesia, recibió de Nuestro Señor, Jesucristo, el Salvador y Redentor de la raza humana, las Llaves del Reino, y a él le fue dado el poder de atar y desatar. él (Pedro) vive y ejerce juicio hasta el día de hoy y para siempre en sus sucesores... Su sucesor y representante en ese oficio, el Papa Celestino, nos ha enviado a este sínodo.”

Los Padres del Concilio de Calcedonia (451), escribiendo al Papa San León, declararon que en el Concilio él presidía por su legado como cabeza sobre sus miembros; ellos le hablan como a padre; como a sucesor de Pedro e intérprete de la Fe; como a quien le había sido confiado el cuidado de toda la Iglesia; y le ruegan que honre y afirme sus decretos mediante su decisión.

El Tercer Concilio de Constantinopla (680) se dirigió al Papa como El Arzobispo de la Iglesia Universal.

El Segundo Concilio de Nicea (787) se dirigió al Papa como a quien cuya Sede es preeminente por razón de que posee el Primado del mundo entero.

Existen muchas otras referencias que pueden citarse; sin embargo, la mejor referencia al Papado, a su Primado de Jurisdicción e Infalibilidad Papal, se encuentra en el Primer Concilio Vaticano que se reunió bajo el Papa Pío IX entre 1869 y 1870.

En este Concilio encontramos un resúmen de todas las enseñanzas anteriores de la Iglesia sobre este tema:

“Pues los padres del Cuarto Concilio de Constantinopla, siguiendo con fidelidad los pasos de sus predecesores, hicieron esta solemne profesión: ‘La primer condición de la salvación es mantener la norma de la verdadera Fe. Pues es imposible que las palabras de nuestro Señor Jesucristo, quien dijo, “Tú eres Pedro, y sobre esta roca fundaré mi Iglesia” (Mt. 16:18), no puedan verificarse. Y su verdad ha sido probada por el curso de la historia, pues en la Sede Apostólica la religión Católica se ha mantenido siempre sin mancha, y su enseñanza conservada santa.’”

“Pues ellos entendieron plenamente que esta Sede de San Pedro siempre permanece intacta de cualquier error, de acuerdo a la divina promesa que nuestro Señor y Salvador hizo al príncipe de sus discípulos, ‘He orado por tí, para que tu fe no desfallezca; y tú, una vez convertido, confirma a tus hermanos’ (Lucas 22:32).”

“Ahora este carisma de la Verdad y de la nunca carente Fe fue conferida sobre San Pedro y sus sucesores en esta Sede, a fin de que pudieran cumplir su supremo oficio para la salvación de todos.”

Estas citas del Primer Concilio Vaticano nos recuerdan que el Papa es la única persona esencial en el ejercicio de la Iglesia Católica de su propiedad de infalibilidad.

Como Ludwig Ott, STD, lo explica en su libro de teología dogmática, Principios Básicos de los Dogmas Católicos:

“Los posesores de la infalibilidad son:
A) El Papa: El Papa es infalible cuando habla ex cathedra.
B) El episcopado entero: La totalidad de los obispos es infalible cuando, ya estén asambleados en un concilio general o esparcidos por toda la tierra, proponen una enseñanza de fe o moral para ser sostenida por todos los fieles. Los obispos ejercen su poder de enseñanza infalible de manera ordinaria cuando, en sus diócesis, en unión moral con el Papa, unánimemente promulgan las mismas enseñanzas sobre la fe y la moral. El Concilio Vaticano expresamente declaró que también las verdades de la Revelación, propuestas como tales por el oficio docente ordinario y general de la Iglesia, también han de ser firmemente sostenidas con ‘fe divina y católica.’

Sin el Papa, la Iglesia no puede ejercer su infalibilidad. Por esta razón la Ley Canónica legisla que un Concilio Ecuménico se suspende (ipso jure) en caso de la muerte del Papa. Se vuelve a reunir solamente después de la elección de un nuevo Papa.

Ahora bien, todas estas consideraciones nos llevan al tema principal de nuestra carta pastoral. ¿Qué ocurrió en el Segundo Concilio Vaticano de 1962 a 1965?

La respuesta es horrorosa. Después de dos años de trabajo de la Comisión Preparatoria, compuesta de obispos y teólogos de alrededor del mundo, se reunieron 75 schemata (temas para discusión) para presentarse al Concilio, no obstante, por intervención de Juan XXIII, todos estos documentos fueron descartados y reemplazados por nuevos schemata.

Como lamentaba el Arzobispo Marcel Lefebvre (quien era miembro de la Comisión Preparatoria):

“Ahora saben lo que ocurrió en el Concilio. Después de quince días desde su apertura, no quedó ni una de las schemata ya preparadas, ¡ni una! Todas fueron rechazadas, todas fueron condenadas a la basura. Nada quedó, ni una sola oración. Todas fueron sacadas... Después de quince días, nos quedamos sin preparación alguna. Realmente fue inconcevible.”

Ahora, ya era posible presentar el siguiente programa — el del ecumenismo y la libertad religiosa.

A pesar del hecho de que la Iglesia Católica había previamente condenado el falso ecumenismo (el diálogo inter-religioso y la comunión en el culto con los no-católicos), especialmente por el Papa Pío XI en Mortalium Animos, y a pesar del hecho de que el Código de Derecho Canónico de 1917 había prohibido la communicatio in sacris (canon 1258) y consideraba sospechoso de herejía al que se involucrara en ella (canon 2315), el Segundo Concilio Vaticano ahora fomentaba el ecumenismo en su decreto Unitatis Redintegratio y en su declaración Nostra Aetate. Mientras que antes del Concilio, la Iglesia Católica siempre enseñó que la fe católica era la única y verdadera religión revelada por Dios, ahora el Concilio abría sus puertas de salvación a todas las demás religiones — protestantes e infieles (hinduísmo, budismo, islamismo, judaísmo, etc.) por igual. Ahora la nueva misión de la Iglesia, de acuerdo al Vaticano II, es promover lo bueno que se halle en estas falsas religiones. Ya no hay referencia a la conversión a la verdadera Fe.

Siguiendo al Concilio, se hizo necesario que los innovadores liberales se deshicieran del Santo Sacrificio de la Misa, pues planteaba una barrera para los protestantes. En el nombre del ecumenismo, seis teólogos protestantes representantes del Concilio Mundial de Iglesias, la iglesia luterana, la iglesia anglicana y la iglesia presbiteriana participaron activamente en la comisión especial establecida por Paulo VI para re-escribir la Misa. El resultado final de esta comisión, como ya sabemos, fue el Novus Ordo Missae — la Misa del Nuevo Orden — el cual por ningún motivo representa el Sacrificio propiciatorio del Calvario, sino, como la definieron ellos, usando las palabras del mismo Lutero, “la Cena del Señor.”

En los últimos treinta y dos años, la moderna jerarquía ha promulgado diariamente en sus “enseñanzas ordinarias y universales” estos evidentes errores. De forma regular, Juan Pablo II reitera una y otra vez los falsos y francmasónicos principios de la libertad religiosa y practica el falso ecumenismo, no sólo con protestantes, sino también con infieles.

¿Cómo puede representar la moderna jerarquía el magisterio infalible de la Iglesia Católica? ¿Cómo pueden los “papas” del Vaticano II representar la roca sobre la cual Cristo fundó su Iglesia? ¿Puede aplicarse las palabras del Concilio Vaticano I “en las enseñanzas de la Sede Apostólica la religión Católica se ha mantenido siempre sin mancha” y “esta Sede de San Pedro siempre permanece intacta de cualquier error,” a la jerarquía moderna?

¿Qué, entonces, ha ocurrido en la Iglesia Católica? La respuesta se encuentra en la Segundo Epístola a los Testalonicenses de San Pablo:

"El día del Señor no vendrá sin que antes venga la Apostasía, y se manifieste el hombre de pecado, el hijo de perdición... que se sienta en el templo de Dios, haciéndose pasar por Dios” (II Tes. 2:3-4).

En las instrucciones del Gran Oriente Francmasónico, el Alta Venta, su plan fue claramente delineado para inflitrar la Iglesia Católica en sus más altos niveles, hasta la misma Silla de Pedo. Estos son extractos de El Gran Oriente Francmasónico Desenmascarado, por Mons. George F. Dillon, D.D.:

"Ahora, entonces, a fin de asegurarnos un Papa en la manera requerida, es necesario modelar para ese Papa una generación merecedora del reino que nosotros soñamos. Dejar por un lado a la vejez y la madurez, e ir por la juventud, y, si fuere posible, hasta por la infancia.

"En unos años el jóven clero habrá, por la fuerza de los eventos, invadido todas las funciones. Ellos gobernarán, administrarán y juzgarán. Ellos formarán el concilio del Soberano. Ellos serán llamado para escoger al Pontífice reinante; y ese Pontífice, como la gran parte de sus contemporáneos, necesariamente estará imbuido con los principios italianos y humanitarios que estamos por poner en circulación.

"Buscad al Papa que nosotros retratamos. ¿Queréis establecer el reino de los escogidos sobre el trono de la prostituta de Babilonia? Dejad que el clero marche bajo vuestra bandera, siempre en la creencia de que marchan bajo la bandera de las Llaves Apostólicas. ¿Deseáis causar la desaparición del último vestigio de la tiranía y la opresión? Arrojad las redes como Simón, hijo de Jonás. Pero en lugar de que sea a las profundidades del mar, arrojadlas a las profundidades de las sacristías, los seminarios, y los conventos, y, si no os precipitáis en nada, ganaréis una carga de pescados más milagrosa que la de él... Habréis pescado una Revolución en Tiara y Capa pluvial, marchando con Cruz y estandarte — una Revolución que sólo necesita un pequeño piquete para incendiar las cuatro esquinas del mundo.”

Hoy somos testigos de una formación rápida de un Nuevo Orden Mundial bajo las auspicias de las Naciones Unidas, pero no puede haber duda de que la O.N.U. tiene su contraparte en la moderna Iglesia Conciliar del Vaticano II.

Que podamos permanecer firmes en la verdadera Fe, pues “quien perseverare hasta el final, ese se salvará” (Mt. 24:13).

In Christo Jesu et Maria Immaculata,
Rvmo. Mark A. Pivarunas, CMRI

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