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Las profecías mesiánicas

Obispo Mark A. Pivarunas, CMRI

Diciembre (1996)

Amados en Cristo:

Mientras nos preparamos para la fiesta de la natividad de nuestro divino Salvador Jesucristo, la santa madre Iglesia católica nos inspira en la sagrada liturgia de Adviento con los pasajes del Antiguo Testamento que predijeron la venida del Mesías, en especial del profeta Isaías.

Cuando estudiamos las profecías del Antiguo Testamento acerca del Mesías, encontramos hermosa armonía entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. En el Antiguo, hallamos predichas las promesas de Dios; en el Nuevo, las vemos cumplidas.

A fin de prepararnos merecedoramente para Navidad, consideremos algunas de las profecías del Antiguo Testamento para ver su cumplimiento en nuestro amado Salvador, Jesucristo.

Cientos de años antes de la venida de Cristo, el profeta Isaías habló de la concepción y nacimiento del Mesías:

“Por lo tanto, el mismo Señor os dará la señal: Sabed que una Virgen concebirá y parirá un Hijo, y su nombre será Emmanuel.”

Estas palabras de Isaías las repitió casi exactamente el ángel Gabriel cuando le anunció a la Virgen María:

“No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios y vas a concebir en tu seno y darás a luz un hijo [...]” (Lucas 1:30-31).

No puede haber duda acerca de este Hijo del que habla Isaías; el Mesías que había de nacer era “Dios, el fuerte, el padre del siglo venidero, el príncipe de la paz” (Is. 9:6).

Esta profecía una vez más se armoniza maravillosamente con las palabras del ángel Gabriel a la Virgen María:

“Y le pondrás por nombre Jesús. Él será grande y llamará Hijo del Altísimo” (Lucas 1:31-32).

La profecía de Isaías también se armoniza con los versos de apertura del Evangelio de san Juan, en los cuales el evangelista muy convincentemente comienza con estas verdades divinas:

“En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba en Dios, y el Verbo era Dios. [...] Y el Verbo se hizo carne... ” (Juan 1:1,14).

A partir de estos pasajes bíblicos del Antiguo y Nuevo Testamento, vemos claramente manifestadas las doctrinas de la divinidad de Cristo, su Encarnación, y la divina maternidad de la santa Virgen María.

Durante esta temporada de Adviento, mientras nos preparamos para la fiesta de Navidad, la doctrina de la Encarnación debería ser el punto principal de nuestra reflexión y meditación. Por la Encarnación queremos decir que Jesucristo, el Hijo de Dios, la segunda Persona de la Santísima Trinidad, asumió nuestra naturaleza humana, es decir, un cuerpo y un alma como la nuestra (como escribió san Pablo, “Fue como nosotros en todas las cosas salvo en el pecado”). Él es una Persona Divina con dos naturalezas: la divina y la humana. Por tanto, María, como madre de Jesucristo, tiene derecho al título de Madre de Dios.

Estas consideraciones nos deberían ayudar a mejor apreciar el significado de la Navidad, de que Dios tanto amó al mundo, de que Dios tanto nos amó, como para enviar a su Hijo unigénito.

Las muchas referencias y prefiguraciones del Mesías encotrados en el Antiguo Testamento solamente confirman cuánto amó Dios el Padre a la humanidad y lo prueba renovando frecuentemente su promesa de enviar al Mesías. La primer promesa que Dios hizo de Él, fue en el Jardín del Edén, después de que nuestros primeros padres cometieran el pecado original:

“Y pondré enemistades entre ti y la mujer, y entre tu raza y la descendencia suya: ella quebrantará tu cabeza, y tú andarás acechando a su calcañar” (Gn. 3:15).

El profeta Miqueas predijo el lugar de nacimiento del Mesías:

“Y tú, ¡oh Belén!, amada Efrata, tú eres pequeña respecto de las principales de Judá; pero de ti me vendrá el que ha de ser dominador de Israel, el cual fue engendrado desde el principio, desde los días de la eternidad” (Mi. 5:2).

El profeta Isaías predijo la adoración de los Magos al recién nacido, y hasta identificó los regalos que habrían de ofrecer:

“Levántate, ¡oh Jerusalén!; recibe la luz: porque ha venido tu lumbrera, y ha nacido sobre ti la gloria del Señor. [...] Y a tu luz caminarán las gentes, y los reyes al resplandor de tu nacimiento. [...] Te verás inundada de una muchedumbre de camellos te cubrirá, de dromedarios de Madián y de Efa; todos los sabeos vendrán a traerte oro e incienso, y publicarán las alabanzas del Señor” (Is. 60:1-6).

Esta profecía también se apoya en un pasaje de los Salmos:

“Los reyes de Tarsis y de las Islas ofrecerán dones; los reyes de Arabia y Sabá traerán presentes” (Sal. 71:10).

El profeta Jeremías dice que al nacer el Mesías muchos niños serían asesinados, lo cual se cumplió con la matanza de los Santos Inocentes por parte del rey Herodes:

“Se han oído allá en lo alto voces de lamentos, de luto y de gemidos, y son de Raquel, que llora a sus hijos, ni quiere admitir consuelo en orden a la muerte de ellos, visto que ya no existen” (Jer. 31:15).

Raquel aquí representa al pueblo judío. Ella murió en Belén y allí fue enterrada (Gen. 35:19).

Del profeta Oseas aprendemos que fue predicha la huída del Mesías a Egipto, y de su regreso (Os. 11:11).

Hubo tantas profecías detalladas acerca del Mesías, cumplidas prefectamente en Jesucristo, que sería extremadamente difícil enlistarlas todas adecuadamente. No obstante, las siguientes profecías son algunas de las más notables.

El Mesías habría de ser un gran obrador de milagros. Estos son algunos de los milagros que iba a realizar: “se abrirán los ojos de los ciegos, y quedarán expeditas las orejas de los sordos. Entonces el cojo saltará como el ciervo, y se desatará la lengua de los mudos...” (Is. 35:5-6).

El Mesías habría de entrar en Jerusalén sentado en un asno (Zac. 9:9). Habría de ser vendido por treinta piezas de plata (Zac. 11:12-13). Habría de ser traicionado por uno que comía en la misma mesa con él (Sal. 40:10). Sus discípulos habrían de abandonarlo en el momento de su Pasión (Zac. 13:7). Habría de ser mofado (Sal. 21:7), golpeado, escupido (Is. 50:6), azotado (Sal. 72:14), coronado con espinas (Cant. 3:11), y dado hiel y vinagre para beber (Sal. 68:22). Por su ropa, habrían de echar suertes (Sal. 21:19). Sus manos y pies habrían de ser perforados con clavos (Sal. 21:17). Habría de morir entre dos malhechores (Is. 53:9). Habría de ser paciente como un cordero en sus sufrimientos (Is. 53:7), y habría de orar por sus enemigos (Is. 53:12). Habría de morir voluntariamente y por nuestros pecados (Is. 53:4-7).

Habría él de disponer su tumba con los ricos (Is. 53:9), y habría ésta de ser gloriosa (Is. 11:10). Su cuerpo no habría de sufrir la corrupción (Sal. 40:10). Habría de regresar al cielo (Sal. 67:34), y habría de sentarse a la diestra de Dios (Sal. 109:1). Su doctrina habría de difundirse desde Jerusalén y desde el Monte de Sión por el mundo entero (Joel 2:28; Is. 2:3). En cada lugar del mundo, una “oblación pura” (la santa misa) habría de ofrecerse a él (Mal. 1:11).

Por maravillosamente detalladas que sean estas profecías del Mesías, es ciertamente terrible considerar la verdad de estas palabras de san Juan:

“En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres... Estaba en el mundo, y el mundo existió por él, y el mundo no lo conoció. Vino a su pueblo, y los suyos no lo recibieron” (Juan 1:4, 10-11).

En esa primer noche de Navidad, cuando Jesús nació en la pobreza y la oscuridad de un establo, sus primeros adoradores fueron solo pastores humildes. Leemos en el Evangelio de san Mateo que cuando los Magos llegaron del este y preguntaron por “el rey de los judíos que ha nacido,” el rey Herodes y toda Jerusalén se turbó. ¡Ni siquiera sabían que el Mesías había nacido! Los Magos, gentiles del oriente, cooperaron con la gracia de Dios y llegaron a conocer al Mesías, mientras que la mayoría de los israelitas, el pueblo escogido de Dios, especialmente aquellos de la santa ciudad de Jerusalén, no supo nada de su nacimiento.

Y san Juan continúa:

“Mas a cuantos lo recibieron, les dio poder de llegar a ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre...” (Juan 1:12).

Este Adviento meditemos en los pasajes del Antiguo y Nuevo Testamento que nuestra santa madre la Iglesia católica nos presenta, de manera que en esta Navidad nos fortalezcamos en nuestro amor y fe en el divino Salvador Jesucristo y así poder llegar a ser “los hijos de Dios... que creen en su nombre.”

¡Puedan todos ustedes, fieles católicos, tener una Navidad santa y llena de gracia!

In Christo Jesu et Maria Immaculata,
Rvmo. Mark A. Pivarunas, CMRI

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