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La Deserción de Campos y la Posición Ilógica de la Sociedad de San Pío X

Por el Obispo Mark A. Pivarunas, CMRI

Fiesta de san José
19 de marzo del 2002

Amados en Cristo:

La escandalosa noticia de la reciente reconciliación entre la Sociedad San Juan Vianney (fundada por el fallecido obispo Antonio de Castro Mayer, en Campos [Brazil]) y la iglesia conciliar no debió ser sorpresa para nadie. Por muchos años, el obispo y los sacerdotes de esta sociedad, al igual que sus antiguos asociados, la Sociedad de San Pío X, han mantenido una posición teológica inconsecuente; de tal manera que su presente decisión de regresar a la iglesia modernista fue, básicamente, la consecuencia lógica de su posición ilógica.

El 18 de enero del 2002, el obispo Licinio Rangel, de la Sociedad San Juan Vianney, tras defender por muchos años la tradicional Misa latina, llegó a un compromiso con la jerarquía modernista y publicó la siguiente declaración:

Nosostros reconocemos al Concilio Vaticano Segundo como concilio ecuménico de la Iglesia católica y lo aceptamos a la luz de la Sagrada Tradición. [...] Reconocemos la validez del Novus Ordo Missæ, promulgada por el papa Paulo VI, dondequiera que se celebre correctamente y con la intención de ofrecer el verdadero sacrificio de la santa Misa.

Nosotros reconocemos al Santo Padre, el papa Juan Pablo II, junto con todos sus poderes y prerrogativas y le prometemos obediencia filial y nuestras oraciones.

Hecha tal declaración pública, el obispo Rangel y los sacerdotes de la Sociedad de San Juan Vianney deberían preguntarse qué tan diferente es hoy la situación en la iglesia conciliar a cuando su fundador, el fallecido obispo Castro Mayer, se pronunció en un principio a favor de la verdadera Misa y la verdadera fe, y en oposición al Novus Ordo Missæ, al ecumenismo y a la libertad religiosa del Vaticano II: porque ahora es mucho peor.

Si el Novus Ordo Missæ es una misa válida, y si el Concilio Vaticano II fue un concilio legítimo, entonces su apoyo a la tradición fue en vano todos estos años. Bien pudieron, desde un principio, haber formado parte de la nueva iglesia ecuménica del Vaticano II.

No menos preocupante y sorprendente es el hecho de que el obispo Bernard Fellay, el superior de la Sociedad de San Pío X, estuvo en comunicación con la iglesia conciliar hace un año; aunque ya cortó el diálogo.

Así, tampoco será sorpresa cuando la Sociedad de San Pío X siga a la Sociedad de San Juan Vianney y se reoncilie (en realidad, ceda es la palabra más adecuada) con la iglesia conciliar, y juntas sean como dos gotas de agua.

¿Y cómo no va a ser así? Al mismo tiempo que la Sociedad de San Pío X — en sus intentos por mantener la verdadera Misa y la tradicional fe católica — se opone al Novus Ordo Missæ, al falso ecumenismo y a la falsa libertad religiosa del Vaticano II, sostiene erróneamente que Juan Pablo II es papa, aun cuando él no les ha dado aprobación canónica ni de jurisdicción.

Protestan reconocer a Juan Pablo II como papa verdadero, mas, en realidad, lo desprecian con su desobediencia pública, dado que administran los sacramentos sin misión canónica y sin jurisdicción. No tienen autoridad ni aprobación por parte de Juan Pablo II para establecer iglesias y capillas alrededor del mundo, ni para dispensar los sacramentos. Si la iglesia conciliar del Vaticano II es la Iglesia católica (como ellos creen), ¿cómo no considerarse cismáticos?

Ésta es la máxima contradicción, pues al mismo tiempo que sostienen un reconocimiento nominal de Juan Pablo II como papa, lo ignoran al actuar sin jurisdicción, cosa que necesitarían recibir de él para funcionar como obispos y sacerdotes.

¿Cuál es la fuente de esta posición teológicamente confusa? Reconocen a Juan Pablo II como papa y aún así no tienen conexión canónica o de jurisdicción con él. ¿Por qué está la Sociedad de San Pío X atrapada en este dilema?

La respuesta ha de encontrarse en la vacilante posición de su fundador, el fallecido arzobispo Marcel Lefebvre. Si se examinan algunas declaraciones públicas que hizo a través de los años, rápidamente se vislumbra la ausencia de una posición teológica clara y consecuente; y como la Sociedad de San Pío X ha heredado esta contradicción, al final llegarán a un compromiso con la iglesia conciliar.

El 29 de junio de 1976, el fallecido arzobispo Lefebvre declaró lo siguiente con ocasión de que Paulo VI lo suspendiera de la administración de los sacramentos:

Estamos suspendidos a divinis por y para la iglesia conciliar, a la cual no deseamos pertenecer. Esta iglesia es cismática, pues rompe con la Iglesia católica de siempre. Tiene nuevos dogmas, un nuevo sacerdocio, nuevas instituciones, un culto nuevo. Todo esto ya fue condenado por la Iglesia en mcuhos documentos oficiales y definitivos...

La Iglesia que afirma tales errores es al mismo tiempo cismática y herética. Esta iglesia conciliar no es, por tanto, católica. En la medida en que el papa, los obispos, los sacerdotes o los fieles se adhieran a esta nueva iglesia, así se separan de la Iglesia católcia (Reflexiones sobre la Suspensión ‘a divinis’, escrito por Mons. Marcel Lefebvre).

Años más tarde, el 8 de marzo de 1980, el arzobispo se retractó en una escrito a Juan Pablo II, en el cual contradijo su previa posición, y afirmó:

Santo Padre:

Para poner fin a algunas dudas que ahora circulan en Roma y en ciertos círculos tradicionalistas de Europa y América en lo referente a mi actitud y pensamiento respecto del Papa, el Concilio y la Misa del Novus Ordo; y temiendo que estas dudas lleguen hasta Su Santidad, permitídme de nuevo decir lo que siempre he expresado...

Que estoy completamente de acuerdo con el juicio de Su Santidad sobre el Concilio Vaticano Segundo, hecho el 6 de noviembre de 1978 en la reunión del Sagrado Colegio. Que el Concilio debe entenderse a la luz de toda la Sagrada Tradición y en base al constante magisterio de la santa Iglesia.

Respecto a la Misa del Novus Ordo, a pesar de todas las reservaciones que se tengan, yo nunca he dicho que en sí sea inválida o herética.

Poco después de esta declaración, el arzobispo Lefebvre, en una carta a sus amigos y benefactores norteamericanos, con fecha de 28 de abril de 1983, tomó una posición teológica intermedia, en la cual dijo:

La Sociedad no dice que todos los sacramentos según los nuevos ritos posconciliares sean inválidos, sino que, debido a malas traducciones, a la falta de intención adecuada y a los cambios introducidos en la forma y materia, el número de sacramentos inválidos y dudosos está aumentando.

Pero sólo es cuestión de esperar, y una vez más vemos que el arzobispo Lefebvre, apenas un año antes de que consagrara cuatro obispos para la Sociedad de San Pío X, en la Carta a los futuros obispos del 29 de agosto de 1987, trató lo siguiente:

Mis queridos amigos:

Estando la Sede de Pedro y los puestos de autoridad en Roma ocupados por anticristos, se está llevando a cabo rápidamente la destrucción del reino de Nuestro Señor aun dentro de su Cuerpo Místico aquí abajo, especialmente a través de la corrupción de la santa Misa, la cual es magnífica expresión de triunfo de Nuestro Señor sobre la cruz — Regnavit a Ligno Deus — y fuente de la extensión de su reino sobre las almas y las sociedades.

Con todo, no duró mucho la alusión del arzobispo de que “la Sede de Pedro y los puestos de autoridad en Roma (están) ocupados por anticristos,” pues en su carta a Juan Pablo II el 2 de junio de 1988, concluye:

Continuaremos orando por la Roma moderna, plagada del modernismo, para que se convierta una vez más en la Roma católica y para que redescubra su tradición dos veces milenaria...

Sea tan bondadoso, Santísimo Padre, de aceptar la expresión de mis más respetusosos y filialmente devotos sentimientos en Jesús y María.

¡Qué evidente fue la vacilación del arzobispo Lefebvre! Un año decía que la iglesia conciliar era “cismática y herética”, y luego unos años después decía que era la Iglesia católica; un año se refería a “la Sede de Pedro y a los puestos de autoridad en Roma” como ocupada por anticristos, y el próximo se dirige al ocupante de la Sede de Pedro como “Santísimo Padre.”

Y la confusión continuó. Después de la consagración de cuatro obispos para la Sociedad de San Pío X en junio de 1988, Stefano Paci, un reportero para 30 Days (una revista internacional), sostuvo una entrevista con el arzobispo Lefebvre, y el siguiente extracto se encontraba en su edición de julio/agosto:

PACI: Y ahora, ¿qué prevee Ud. para el futuro de la Fraternidad en sus relaciones con la Iglesia de Roma?

LEFEBVRE: Espero que dentro de unos años, máximo cuatro o cinco años, Roma terminará haciendo un acuerdo con nosotros.

PACI: ¿Y si esto no ocurre?

LEFEBVRE: Roma permanecería lejos de la Tradición, y sería el fin de la Iglesia. Como yo sí reconozco en el papa al sucesor de Pedro, no soy de los que consideran la Sede de Pedro vacante; y no digo que este papa es un hereje. Pero sus ideas sí son heréticas, y ya han sido condenadas por previos pontífices, y además conducen a la herejía. Viendo cómo las autoridades de la Iglesia han actuado desde el Concilio, pareciera que el Espíritu Santo se ha tomado unas vacaciones.

¡Qué posición tan interesante! Él afirma que Juan Pablo II “no es un hereje, pero sus ideas sí son heréticas, y conducen a la herejía.”

Cuando el tal papa invitó a Asís a los líderes de varias religiones mundanas para que invocaran a sus falsos dioses por la paz mundial; o cuando promulgó el nuevo Código de Derecho canónico (1983) en el cual se permiten a los herejes y cismáticos recibir la Sagrada Eucaristía (bajo ciertas circunstancias, sin reconciliación con la Iglesia); o cuando continúa reforzando el Novus Ordo Missæ y las falsas enseñanzas del ecumenismo y la libertad religiosa, ¡¿“sus ideas son heréticas”, pero “él no es un hereje”?!

Durante las últimas elecciones presidenciales, se usó la frase matemáticas confusas para describir los cálculos económicos erróneos de un candidato. Igualmente, puede decirse que la Sociedad de San Pío X tiene una teología confusa cuando se trata de la situación en la Iglesia, y, desafortunadamente, esto es justo lo que los llevará al final de cuentas a una reconciliación con la iglesia conciliar.

Entre los motivos teológicos presentados por la Sociedad de San Pío X para mantener su reconocimiento nominal de Juan Pablo II y negar la posición sedevacantista, se encuentra una cita del P. Peter Scott:

No obstante, es absurdo decir, como lo hacen los sedevacantistas, que no ha habido un papa por más de 40 años, pues esto destruiría la visibilidad de la Iglesia, y la misma posibilidad de una elección canónica de un Papa futuro.

La respuesta a su primera dificultad en cuanto a un largo interregno (vacancia en el cargo de papa), se haya en la historia de la Iglesia durante el Gran Cisma Occidental, que ocurrió entre los años 1378 y 1417. De 1378 a 1409 hubo dos demandantes (uno en Roma y el otro en Avignon) al cargo papal; luego en 1409 salió al escenario un tercer demandante (el de Pisa).

En lo referente a estas confusas circunstancias en la Iglesia durante el Gran Cisma Occidental, se encuentra un interesantísimo detalle teológico en las enseñanzas del P. Edmund James O’Reilly, S.J. Él fue uno de los teólogos líderes de su tiempo y trabajó para el cardenal Cullen de Armagh, en el Sínodo de Thurles; también trabajó para el obispo Brown en el sínodo de Shrewsbury; y para el obispo Furlong en el sínodo de Maynooth; y fue nombrado profesor de la Universidad Católica en Dublin. En 1882, el P. O’Reilly publicó un libro titulado Las relaciones de la Iglesia con la sociedad (Relations of the Church to Society), en el que afirmó que una vacancia de la Santa Sede de larga duración no puede ser considerada como incompatible con las promesas de Cristo y la doctrina de la indefectibilidad de la Iglesia:

Podemos aquí detenernos para preguntar qué se puede decir de la posición de los tres demandantes, y cuáles fueron sus derechos con respecto al papado. En primer lugar, sí hubo durante todo esto, desde la muerte de Gregorio XI en 1378, un papa — con la posible excepción, por supuesto, de los intervalos entre las muertes y las elecciones para llenar las vacancias creadas-. Sí hubo, digo yo, en todo momento un Papa, realmente investido con la dignidad de Vicario de Cristo y Cabeza de la Iglesia, a pesar de las opiniones que puedan existir entre muchos en cuanto a su autenticidad; esto no es decir que un interregno que cubriera todo el período hubiera sido imposible o estado en contradicción con las promesas de Cristo, porque esto no es de manera alguna manifiesto, sino que, de hecho, no hubo tal interregno.

Durante estos tiempos difíciles en que el Novus Ordo ha reemplazado el santo sacrificio de la Misa, y en el que la iglesia conciliar invita a falsas religiones para rendir culto falso a sus dioses en las iglesias de Asís, ¿no estamos presenciado nada menos que la Gran Apostasía predicha por san Pablo en su Segunda Epístola a los Tesalonicenses (II Tessalonicenses 2:3-8)?

En cuanto a la segunda dificultad presentada por la Sociedad de San Pío X en contra de la posición sedevacantista, de que sería imposible una futura elección papal si la Sede de Pedro estuviera vacante desde el Vaticano II, leemos en La Iglesia del Verbo Encarnado (The Church of the Incarnate Word) de Monseñor Charles Journet:

Durante una vacancia de la Sede Apostólica, ni la Iglesia ni el Concilio puede contravenir las provisiones ya establecidas para determinar el modo válido de la elección (Cardenal Cayetano, O.P., en De Comparata, cap. XIII, n.º 202). Sin embargo, con permiso (por ejemplo si el Papa no toma medidas en contra), o en caso de ambigüedad (por ejemplo, si se desconoce quiénes son los verdaderos cardenales o quién es el verdadero papa, como fue el caso en tiempos del Gran Cisma), la postestad ‘de aplicar el papado a tal o cual persona’ recaen sobre la Iglesia universal, la Iglesia de Dios (ibid., n.º 204).

En meses recientes, la Sociedad de San Pío X ha sido muy inflexible en sus publicaciones contra de los sedevacantistas; sin embargo, el fallecido arzobispo Lefebvre, su fundador y líder espiritual, en cierta época sostuvo la misma posición que los sedevacantistas: “Esta iglesia conciliar no es, por tanto, católica. En la medida en que el papa, los obispos, los sacerdotes o los fieles se adhieran a esta nueva iglesia, así se separan de la Iglesia católica.”

Y además del arzobispo Lefebvre, el obispo Castro Mayer dijo en una entrevista concedida al Jornal da Tarde:

La iglesia que se adhiere formal y totalmente al Vaticano II, con sus herejías, no es ni puede ser la Iglesia de Jesucristo. A fin de pertenecer a la Iglesia católica, la Iglesia de Cristo, es necesario tener la fe, esto es, no dudar de o negar un solo artículo de la Revelación. Ahora, la iglesia del Vaticano II acepta las doctrinas heréticas, como hemos visto (El Católico Romano, agosto de 1985).

¿Cómo puede la Sociedad de San Pío X rehusar someterse a la autoridad de Juan Pablo II, a quien reconoce como papa? El Código de Derecho canónico tradicional (canon 1325) define al cismático como uno que rehusa someterse a la autoridad del soberano pontífice.

Ya que de él no tienen jurisdicción ni misión canónica, y, de hecho, sus obispos han sido excomulgado por él, ¿cómo no pueden honestamente reconocer la realidad de su postura? Si Juan Pablo II es Papa, como la Sociedad de San Pío X profesa abiertamente, entonces, ¿cómo no considerarse otra cosa más que cismáticos?

En cuanto al futuro de la Iglesia católica, eso está enteramente en las manos de Dios; sin embargo, es una negación implícita de la infalibilidad de la Iglesia decir que la iglesia conciliar es de alguna manera la Iglesia católica.

El fallecido arzobispo Lefebvre erró en su entrevista con 30 Days (1988) cuando contestó: “Viendo cómo las autoridades de la Iglesia han actuado desde el Concilio, pareciera que el Espíritu Santo se ha tomado unas vacaciones.”

No, el Espíritu Santo morará siempre dentro de la Iglesia y nunca le fallará. Por esta razón la Iglesia católica ha enseñado infaliblemente en el Primer Concilio Vaticano (1870):

Pues los padres del Cuarto Concilio de Constantinopla, siguiendo atentamente los pasos de sus predecesores, hicieron esta solemne profesión: la primera condición para la salvación es guardar la norma de la verdadera fe. Puesto que es imposible que las palabras de nuestro Señor Jesucristo: “Tú eres Pedro, y sobre esta roca construiré mi Iglesai” (Mt. 16:18), no se confirmen. Y su verdad ha sido probada por el curso de la historia, ya que en la Sede Apostólica la religión católica siempre se ha mantenido pura, y su enseñanza santa...

Ciertamente, esta fue la doctrina apostólica que sostuvieron todos los Padres, y que reverenciaron y sigui eron los santos Doctores ortodoxos. Pues claramente comprendieron que esta sede de san Pedro siempre permanece sin mácula, de acuerdo con la divina promesa que nuestro Señor y Salvador hizo al príncipe de sus discípulos: “He orado por tí, para que tu fe no desfallezca; y una vez convertido, confirma a tus hermanos” (Lucas 22:23).

¡Pueda san José, patrono de la Iglesia Universal, padre adoptivo del Hijo de Dios y casto guardián de la Bienaventurada Virgen, interceder por nuestra Santa Madre la Iglesia católica!

In Christo Jesu et Maria Immaculata,
Rvdmo. Mark A Pivarunas

In Christo Jesu et Maria Immaculata,
Rvmo. Mark A. Pivarunas, CMRI

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