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Contraste: El Celo Misionero de San Patricio y el Espíritu del Vaticano II

Por el Obispo Mark A. Pivarunas, CMRI

Fiesta de San Patricio
Marzo 17, 2000

Amados en Cristo,

Entre los misioneros más grandes jamás criado en la única verdadera religión revelada por Dios Todopoderoso, fue el santo y celoso San Patricio, patrón de Irlanda. Comisionado por el Papa San Celestino I, en el año 432 d.C., San Patricio viajó a Irlanda con la espada de dos filos de la Palabra de Dios, no sólo para derribar la falsa religión del Druidismo, el cual había esclavizado y cegado al pueblo de esa isla, sino también para edificar la única verdadera Fe del Dios Trino. Es muy bien sabido que San Patricio utilizó un trébol de tres hojas para ilustrar bellamente la doctrina de la Santísima Trinidad.

Tan notable era su fe, tan activa y poderosa era la gracia de Dios en él, alcanzada por medio de una vida de oración ferviente y penitencia austera, que San Patricio implantó firmemente la verdadera fe en Irlanda y convirtió a toda la población al catolicismo.

¿Por qué es tan importante que consideremos esto ahora? Porque la iglesia conciliar (la post-Vaticano II, la dizque Iglesia Católica moderna) ha redefinido lo que siempre ha sido misión de la Iglesia. Ya no es necesario trabajar activamente por la conversión de los pueblos de otras religiones a la única verdadera religión revelada por Dios.

Ahora, en el espíritu del Vaticano II, la nueva “misión” de la iglesia conciliar se limita a promover lo “bueno” que supuestamente se encuentra en estas falsas religiones. Cuán frecuente en los últimos 35 años hemos leído cómo la moderna jerarquía ha reiterado los principios heréticos de la Declaración Nostra Aetate, y su decreto Dignitatis Humanae, del Vaticano II.

Qué contradictorias y absurdas son estas falsas enseñanzas del Vaticano II a la luz del verdadero y católico espíritu misionero de San Patricio, quien trabajó activamente para convertir al pueblo de Irlanda del druidismo al catolicismo.

¿Habría ido san Patricio a Irlanda a derrochar alabanzas a la falsa religión druida? No, él fue a abolir sus falsas creencias y prácticas y a combatir directamente los encantamientos diabólicos de los sacerdotes druidas.

Este espíritu misionero de San Patricio no refleja el espíritu del Vaticano II en su relación con las religiones no cristianas de hoy.

En la declaración Nostra Aetate, no leemos sino puras alabanzas para estas falsas religiones que ni reconocen ni adoran al único verdadero Dios:

“Así, en el Hinduismo los hombres investigan el misterio divino y lo expresan mediante la inagotable fecundidad de los mitos y con los penetrantes esfuerzos de la filosofía, y buscan la liberación de las angustias de nuestra condición mediante las modalidades de la vida ascética, a través de profunda meditación, o bien buscando refugio en Dios con amor y confianza.”

¿Cómo pueden los hindús “buscar refugio en Dios con amor y confianza” cuando reconocen varios dioses representados en las diferentes formas de la creación? De acuerdo al hinduísmo, el mundo, y todo su contenido, incluyendo el hombre, es dios. Entre las muchas divinidades hindús, existen tres de notable importancia — Brahma, el creador, Vishnú, el preservador; y Shiva, el destructor. Los hindús adoran a varios animales como dioses. Las vacas son las más sagradas, pero también rinden culto a los monos, a las víboras y otros animales.

¿En verdad los hindús están “buscando refugio en Dios con amor y confianza”?

Continuemos con Nostrae Aetate:

“En el Budismo, según sus varias formas, se reconoce la insuficiencia radical de este mundo mudable y se enseña el camino por el que los hombres, con espíritu devoto y confiado pueden adquirir el estado de perfecta liberación o la suprema iluminación, por sus propios esfuerzos apoyados con el auxilio superior.”

¿Qué es este estado de “perfecta liberación” o “suprema iluminación”? El budismo es una religión de superación personal sin referencia a dioses.

Después de su reconocimiento del hinduísmo y el budismo, la declaración del Vaticano II sumariamente reconoce todas las otras religiones del mundo:

“De la misma forma, las demás religiones... se esfuerzan por responder a las incansables búsquedas del corazón humano mediante la proposición de “caminos,” consistentes en enseñanzas, reglas de vida, y ceremonias sagradas.”

Habiendo así derrochado alabanzas a las falsas religiones del Oriente (que desafortunadamente adoran falsos dioses contra el primer Mandamiento del verdadero Dios), la iglesia moderna afirma expresamente el principio más contradictorio:

“La Iglesia católica no rechaza nada de lo que en estas religiones hay de santo y verdadero.”

“La Iglesia, por consiguiente, exhorta a sus hijos a que, con prudencia y caridad, mediante el diálogo y colaboración con los adeptos de otras religiones, dando testimonio de la fe y la vida cristiana, reconozcan, guarden y promuevan aquellos bienes espirituales y morales, así como los valores socio-culturales que en ellos existen.”

¿Cómo pueden los católicos, en testimonio a la única verdadera fe, reconocer, preservar y promover los supuestos bienes morales y espirituales en las religiones del mundo, las cuales adoran falsos dioses y frecuentemente practican rituales inmorales y degradantes?

¿Acaso fue San Patricio a Irlanda con el único propósito de reconocer, preservar y promover los “bienes morales y espirituales” entre los druidas? ¿Habría sido Irlanda convertida al catolicismo si el gran San Patricio hubiera llegado a ese país en el espíritu del Vaticano II?

El tema de “reconocer, preservar y promover los bienes morales y espirituales” de estas falsas religiones fue recientemente reiterado por Juan Pablo II en su Catequesis Semillas de Verdad en las Religiones del Mundo (sept. 1998):

“El Espíritu Santo no sólo está presente en otras religiones a través de las auténticas expresiones de oración, ‘La presencia y actividad del Espíritu’ como escribí en la carta encíclica Redemptoris Missio, ‘afecta no sólo a individuos sino también a la sociedad y la historia, a pueblos, culturas y religiones’.”

Qué diametralmente opuesto a este tema es la enseñanza del Papa Pío XI en su encíclica Mortalium Animos:

“Por tanto, es evidente que ninguna religión puede ser verdadera, salvo la que descansa sobre la revelación de Dios, revelación comenzada desde el mismo principio, continuada bajo la Ley Antigua, y llevada a terminación por Jesucristo mismo bajo la Nueva.

“¿Cometeremos la iniquidad de sufrir la verdad, la verdad revelada por Dios, poniéndola en tela de juicio? Pues ciertamente es una cuestión de defender la verdad revelada. Jesucristo envió a sus Apóstoles a todo el mundo para declarar la Fe y el Evangelio a toda nación, y para salvarlos del error. Él quizo que el Espíritu Santo primero les enseñáse toda verdad. ¿Se ha vuelto esto ininteligible en la Iglesia de quien Dios mismo es el Gobernante y Guardián?

“Nuestro Redentor claramente dijo que su Evangelio estaba dirigido no sólo para la época apostólica, sino para todos los tiempos. ¿Pudo, entonces, el objeto de la fe haberse hecho tan opaco e incierto en el proceso del tiempo, que ahora debamos tolerar opiniones contradictorias? Si esto fuese así, tendríamos luego que admitir que el descenso del Espíritu Santo sbore los Apóstoles, la morada perpetua del mismo Espíritu en la Iglesia, mejor dicho, la misma predicación de Jesucristo, perdieron hace siglos su eficacia y valor? Afirmar esto sería blasfemia.”

San Patricio, convencido de la verdadera misión de la Iglesia Católica de “enseñar a todas las naciones toda las cosas que Cristo mandó” (Mt. 28:19) y de que “el que creyere y fuere bautizado será salvo y el que no creyere será condenado” (Marcos 16:16), continuó orando, predicando y sacrificándose en la obra de la conversión de Irlanda.

En nuestro contraste del espírtu misionero de San Patricio y el espíritu del Vaticano II, podemos además considerar el decreto Dignitatis Humanae:

De acuerdo a Dignitatis Humanae, todos los hombres tienen derecho a la libertad religiosa. Y esto continúa existiendo

“...aún en los que no cumplen su obligación de buscar la verdad y de adherirse a ella.”

Además, este decreto dice:

“Los cuerpos religiosos también tienen el derecho de no ser impedidos en su testimonio y enseñanza pública de su fe, ya sea por palabra oral o escrita.”

“Además, dentro del significado de la libertad religiosa se incluye que a los cuerpos religiosos no se les prohiba el libremente emprender la tarea de mostrar el valor especial de su doctrina en lo que concierne a la organización de la sociedad y a la inspiración de la actividad humana entera.”

Después de la conversión de Irlanda al Catolicismo, ¿habría permitido San Patricio, en el espíritu del Vaticano II, la libertad religiosa a los sacerdotes druidas? ¿Habría San Patricio exhortado a los líderes de este país católico a conceder libertad a los sacerdotes druidas, a “no ser impedidos en su testimonio y enseñanza pública de su fe”?

No, San Patricio nunca habría inculcado el indiferentismo religioso de Dignitatis Humanae en un falso espíritu de caridad hacia los practicante del druidismo.

Y la razón para esto es que el indiferentismo religioso que permea el decreto conciliar de Dignitatis Humanae siempre fue condenado por la Iglesia a través de los siglos.

El Papa Pío IX en su Sílabo de Errores condenó las siguientes proposiciones:

15. “Todo hombre es libre de abrazar y profesar aquella religión que, guiado por la luz de la razón, considere ser verdadera.”

77. “Hoy día ya no es conveniente que la religión católica se considere como la única religión del estado a exlusión de todas las demás formas de culto.”

78. “Por tanto, ha sido sabiamente decidido por ley, en algunas naciones católicas, que las personas que llegan a residir ahí podrán disfrutar del ejercicio público de su propio culto particular.”

Cuando Dignitatis Humanae se integró en las leyes civiles de las naciones católicas, después del Vaticano II, los errores de las religiones falsas se esparcieron como hierba mala y, como resultado directo, ocasionó una tremenda pérdida de fe.

Pero la desolación espiritual del Vaticano II y de la iglesia conciliar no termina ahí. Como aplicación práctica y como culminación real de su indiferentismo religioso y ecumenismo falso, la iglesia conciliar ha repetidas veces organizado asambleas inter-religosas en las cuales se anima a las varias religiones del mundo a orar a sus falsos dioses por la paz mundial. La más infame y blasfema de estas reuniones inter-religosas se celebró en 1986 en las que una vez fueron iglesias católicas de Asís.

Una vez más, en contraste, ¿habría invitado San Patricio a los sacerdotes druidas a las iglesias católicas de Irlanda y, en un espíritu de falso ecumenismo, animádoles a practicar su falso culto? ¡Ciertamente que no! San Patricio estaba firmemente arraigado en la verdadera fe y en su creencia en el Primer Mandamiento de Dios — “Yo soy el Señor tu Dios; no tendrás dioses ajenos delante de mí.”

El fruto del falso ecumenismo es nada menos que el indiferentismo religioso: la errónea creencia de que todas las religiones son más o menos buenas y dignas de alabanza. Esto constituye una negación a la existencia de una sola verdadera religióm revelada por Dios.

La mayor tragedia de nuestros tiempos es que la iglesia conciliar continúa la devastación espiritual del rebaño de Cristo, y lo hace, desafortunadamente, en el nombre de la Iglesia Católica.

Además de todo lo que hemos considerado acerca de esta iglesia conciliar, sería más importante que atendamos brevemente el tema del verdadero Martín Lutero y sus enseñanzas heréticas a la luz del reciente “Acuerdo Católico-Luterano.”

Para que no haya confusión alguna sobre las razones de porqué la Iglesia Católica excomulgó a Lutero y condenó sus enseñanzas heréticas, consideremos algunos de sus escritos.

Martín Lutero enseñó:

“Sed un pecador y pecad osadamente, pero creed y regocijaos en Cristo aún más osadamente, pues él es victorioso sobre el pecado, la muerte y el mundo. En tanto estemos aquí [en este mundo] tenemos que pecar . . . Es suficiente que por las riquezas de la gloria de Dios hayamos llegado a conocer al Cordero que quita los pecados del mundo. Ningún pecado nos podrá separar del Cordero, aunque cometamos fornicación y asesinato mil veces al día” (WA vol. 2, p. 372; Cartas I, Las Obras de Lutero, edición norteamericana, vol. 48, p. 282).

Además, Lutero de modo blasfemo afirmó que hasta nuestro Divino Salvador era culpable de pecado:

“Cristo cometió adulterio primeramente con la mujer junto al pozo, de quien San Juan nos habla. ¿No decían todos los que estaban a su alrededor: ‘Qué estaba haciendo con ella?’ En segundo lugar, con María Magdalena, y en tercero con la mujer sorprendida en adulterio, a quien él despidió tan ligeramente. Por tanto, aún Cristo, que era tan recto, tenía que haber sido culpable de fornicación antes de morir” (Conversaciones de Mesa, WA, vol. 2, no. 1472, abril 7 - mayo1 1532).

¿Se podrá todavía cuestionar el porqué Martín Lutero fue condenado como hereje y excomulgado de la única verdadera Iglesia establecida por Jesucristo hace unos mil quinientos años antes de él?

En contraste a Martín Lutero, Nuestro Divino Señor, Jesucriso nos enseña:

“Mas si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos” (Mt. 19:17).

“Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta, y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos son los que entran por ella; porque estrecha es la puerta, y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan” (Mt. 7:13-14).

“No puede el árbol bueno dar malos frutos, ni el árbol malo dar frutos buenos. Todo árbol que no da buen fruto, es cortado y echado en el fuego” (Mt. 7:18-19).

“No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos. Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad” (Mt. 7:21-23).

S. Santiago nos dice en su epístola:

“La fe sin las obras está muerta” (Santiago 2:17-20).

El Concilio de Trento no fue ambiguo cuando declaró infaliblemente:

Canon XVIII. Si alguno dijere que los mandamientos de Dios son, aún para el que está justificado y constituído en la gracia, imposibles de guardar: que sea anatema.

Canon XIX. Si alguno dijere que únicamente la fe es mandada en el Evangelio; que las demás cosas son indiferentes, ni mandadas ni prohibidas, sino libres; o que los Diez Mandamientos de ninguna manera corresponden a los cristianos: que sea anatema.

Canon XX. Si alguno dijere que el hombre justificado... no está obligado a observar los Mandamientos de Dios y de la Iglesia, sino sólo creerlas; y si en verdad el Evangelio fuera una mera y absoluta promesa de la vida eterna, sin la condición de observar los mandamientos: que sea anatema.

Recurramos a la intercesión del glorioso patrono de Irlanda, San Patricio. ¡Que nos pueda él inspirar con un amor y celo por nuestra preciosa fe católica!

In Christo Jesu et Maria Immaculata,
Rvmo. Mark A. Pivarunas, CMRI

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