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La importancia de la oración en familia

Tomado de The Ear of God del Rvdo. Patrick J. Peyton

La ciencia práctica, si no es que todas las escuelas de filosofía, comienza con el principio de causa y efecto. La náusea, por ejemplo es efecto de algún trastorno de los procesos digestivos, o de una úlcera, o de alguna otra causa que el médico debe encontrar para curar. Pero pocos de nosotros preguntamos dónde comienza a trabajar este principio, y menos todavía preguntan dónde termina. Y, por lo tanto, no diagnosticamos correctamente la peor enfermedad del mundo moderno. Y los sufrimientos del mundo aumentan.

Evidentemente, la humanidad evade el propósito para el cual fue hecho el hombre, y se apartó de la guía dada desde el cielo para obtener la felicidad terrenal y la vida eterna. El problema es que el mundo ha roto las reglas. Y el mundo, sencillamente, no se está saliendo con la suya.

Los libros, las revistas y los periódicos de hoy reflejan una creciente conciencia pública de que estamos sufriendo de un abandono epidémico de la verdad, el honor y el deber; de una práctica cada vez más extensa que sacrifica los principios por la conveniencia; de problemas generales de delincuencia, embriaguez, adicción a los narcóticos, perversión sexual, crímenes y locura en jóvenes y padres. Y reconocemos estas cosas como síntomas. Pero, ¿síntomas de qué? ¿De lo que llamamos el declive de la moral? ¿O es también esto solo un síntoma, y la enfermedad yace más adentro? Entonces, ¿de la negación mundana de la doctrina del bien y el mal? ¿O está todavía más adentro?

Reconocemos que cuando un hombre viola las leyes naturales lo hace por su cuenta y riesgo. Qué implacables, aquellas leyes; pero qué triunfos de intelecto y poder. ¿Y de dónde vienen, del monte de quién?

Mientras reflexionamos, el género humano está dividido contra sí mismo. Parece que, de una u otra manera, debe resolverse la pelea irreconciliable entre dos sistemas de vida, para bien de todos nosotros. El este y el oeste discuten violentamente. Ha de ser el hombre o el estado; las reglas de Dios — la caridad, la moral, la luz — o las reglas de una filosofía puramente materialista, atea y matemática, con su negación del valor humano, y con su monstruosas e inevitables consecuencias. Pensamos en lo que otra guerra nos puede hacer, y estremecemos.

En casa y en el extranjero, nos enfrentamos con problemas siniestros. Pero ¿por qué todos estos problemas al mismo tiempo? La respuesta es que no aparecieron todos a un mismo tiempo. Los sociólogos, historiadores y filósofos están de acuerdo en que se han estado acumulando por mucho tiempo, y no tan sutilmente. Y sospechan que la culpa la tiene el mismo hombre; que algo debe haber sucedido en su corazón.

Esta es una espantosa teoría, que muy probablemente ponga los pelos de punta; y, sin embargo, simplifica nuestro dilema al insinuar que estos problemas no son sino uno solo en realidad. Pero no, no la aceptamos, y en su lugar lo complicamos todo atacando cada problema por separado, como si no guardara relación con ninguno de los demás.

Nombramos comités, fundamos instituciones y reunimos a los ciudadanos más concienzudos en sociedades para sobrellevar este o aquel problema. Enviamos diplomáticos a consejos y naciones. Y en la oscuridad sacudimos las espadas para darnos valor. Manufacturamos tanques y aviones y enseñamos a los jóvenes a usarlos, y hablamos de hacer respetar la paz mediante una bomba hecha a la imagen del universo: el Frankenstein del intelecto humano.

Deseperadamente usamos nuestros cerebros patéticos, mas no nuestros corazones o nuestra alma. Y no avanzamos nada. Pues aún no hemos llegado a la enfermedad, ni desarrollado el remedio. Utilizamos la educación, el arte de gobernar, la ciencia y la industria a más no poder, pero no la religión, ni siquiera a una fracción de lo que podría hacer por nosotros. Y, claramente, estamos fallando. Hoy existen más personas infelices que las que habían antes.

Estamos atemorizados, augurando, como la nube negra que cuelga sobre el mundo.

Y con razón, porque no estamos trabajando conforme a las reglas. Tratamos de hacerlo todo nosotros, sin pedir la ayuda de Dios. Después de todo, ¿de quién es este mundo?, ¿de quién somos hijos?

Dios ha sido ofendido demasiado, pero él ayudará a todo el que se lo pida, y si muchos se lo pedimos, ayudará al mundo. Llévenle el mundo como si fuese un juguete roto y él lo arreglará, porque él es nuestro Padre y puede hacer todo, y porque él quiere que le pidamos todo lo necesario.

A partir de este conocimiento de su bondad, su poder y su cuidado para con nosotros, ha surgido en Norteamérica un movimiento para la propagación de la oración en familia. Porque la familia es la fuerza — o la debilidad — de la civilización.

La familia fue hecha para ser la cuna de la religión; y la religión, el alma de la familia. En Norteamérica, la oración en familia y la lectura de la Biblia solían ser costumbres generales. Ya no. Desde hace algunos años que no. La familia por eso ahora es más débil. Hay familias rotas en cada calle. La nación es la más pobre. Pero la familia que reza junta permanece junta. Restauren en la familia su alma religiosa y enriquecerán el país, fortalecerán la civilización. Si bastantes familias oran, podrán salvar el mundo [cursiva nuestra].

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Obispo Mark A. Pivarunas, CMRI
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