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Oraciones magníficas, sí; promesas magníficas, no

por el Muy Rvdo. P. Casimir M. Puskorius, CMRI

Una monición del Santo Oficio: En ciertos lugares ha aparecido un folleto titulado El secreto de la felicidad: Quince oraciones reveladas por Nuestro Señor a Santa Brígida en la Iglesia de San Pablo en Roma, publicado en varios idiomas en Nicea (y otros lugares).

Como en este folleto se afirma que Dios hizo ciertas promesas a Santa Brígida, y como no es seguro que esas promesas fueran de origen sobrenatural, los Ordinarios [obispos diocesanos] deben evitar el dar permiso de publicar o reimprimir obras o escritos que contengan las mencionadas promesas.

Dado en Roma, por el Santo Oficio, el 28 de enero de 1954.

(Acta Apostolicae Sedis 46-64, como se encuentra en Canon Law Digest, Vol. IV, p. 389, Milwaukee: Bruce Publishing Company, 1958).

Entre las devociones populares de los fieles católicos se encuentran las Oraciones magníficas de Santa Brígida, las cuales deben rezarse ininterrumpidamente por un año entero. Estas quince oraciones se enfocan en la sagrada Pasión de Nuestro Divino Señor, y se cree que fueron reveladas a Sta. Brígida de Suecia (fiesta: 8 de octubre), una gran devota de la Pasión. Desafortunadamente, estas oraciones aparecen algunas veces en libros con las promesas que el Santo Oficio prohibió en 1954. Las oraciones mismas no fueron condenadas, pero más adelante se volverá patente el porqué se colocó una restricción en esas llamadas Promesas magníficas.

Nacida hija de un acaudalado gobernador de Suecia alrededor de 1303, Sta. Brígida fue favorecida con visiones del Salvador Crucificado cuando tenía siete años.1 Llamada al estado del matrimonio, dio a luz a ocho hijos, entre los cuales estaría la futura Santa Catalina de Suecia. Sobrevivió a su esposo, y eventualmente se fue a vivir en Roma, donde continuó ser favorecida con visiones. Las quince oraciones se dieron en estas circunstancias:

Los que visiten la Iglesia de San Pablo en Roma pueden ver el enorme crucifijo esculpido por Pietro Cavallini, ante el cual se arrodilló Sta. Brígida, y allí se puede leer la siguiente inscripción: “Pendentis pendente Dei verba accepit aure accipit et verbum corde Brigitta Deum. Anno Jubilei MCCCL,” la cual recuerda el prodigio del crucifijo conversando con Sta. Brígida.2 (Traducción: “Brígida no solo recibe las palabras de Dios en el aire, sino que toma la palabra de Dios en su corazón. Año de Jubileo 1350.”)

Ahora un poco de historia acerca de cómo fueron diseminadas estas oraciones. Se copiaron de un libro impreso en Toulouse, Francia, en 1740, y las publicó el P. Adrián Parvilliers, S.J., con los permisos convenientes.3 Entre los que supuestamente alentaron esta devoción se encuentran los papas Urbano VI y Pío IX. También se dice que el Congreso de Malines (en la provincia eclesial de Mechlin, Bélgica) las aprobó el 22 de agosto de 1863.4

De acuerdo a un folleto que publica las pretendidas promesas,5 Nuestro Señor reveló a Santa Brígida que él recibió 5,480 golpes en su Cuerpo Sagrado durante la Pasión. Por tanto, si uno rezara las 15 oraciones diariamente por un año, junto con 15 Padrenuestros y Avemarías, se honraría por ello a cada una de las heridas recibidas (En realidad, 15 veces 365 es 5,475, pero si se considera el año bisiesto, el cálculo es más próximo: 15x365.25 = 5,478.75, que es 5,479 redondeado.)

Esta parte de la revelación no parece ir contra la doctrina católica, pues cuando se consideran las narraciones bíblicas de la Pasión, este número parece ser una estimación razonable. Es muy posible que la ciencia divina, que conoce los más mínimos detalles de la Pasión, decidió comunicarle a Sta. Brígida el número de golpes en total para edificar a los fieles e inspirarlos a un mayor amor por el sufrimiento del Redentor.

Sin embargo, lo problemático son las promesas; algunas de ellas son consistentes con la enseñanza de la Iglesia, pero otras definitivamente no. Aquí están algunas6 de las que no, junto con mis comentarios:

“2. Quince almas de su linaje serán confirmadas y preservadas en la gracia.” ¿Cómo es posible que alguien sea “confirmado en la gracia”? Nadie puede, en este respecto, estar seguro de su salvación, mucho menos puede darse gratuitamente esta seguridad a los descendientes.

“4. Quien rezare estas oraciones obtendrá el primer grado de la perfección.” ¿Cuál es el primer grado de la perfección? Esto es vago y confuso. El rezar estas oraciones diario por un año entero ciertamente implica algún grado de perfección, pero no necesariamente el máximo. Además, a los neuróticos y aquellos que “dicen de corrido” muchas oraciones puede que se les haga fácil decirlas diariamente y, sin embargo, no estarán más cerca de la perfección al final que cuando empezaron. La calidad es necesaria, y aún más que la cantidad.

“5. Quince días antes de su muerte, le daré mi precioso Cuerpo a fin de que escape el hambre eterno; y le daré mi preciosa Sangre a beber, no sea que esté sediente por siempre.” Es cierto que cuando recibimos la Sagrada Hostia recibimos al mismo tiempo la preciosa Sangre de Jesús. ¿Por qué es necesaria entonces la distinción?

“11. Sépase que quien haya estado viviendo en pecado mortal por 30 años, pero que rezare devotamente, o tenga la intención de rezar, estas oraciones, le perdonará el Señor todos sus pecados.” ¡Vaya! Esto no es consistente con ninguna promesa dada en otras revelaciones privadas, como la Promesa de los Nueve Viernes Primeros o los Cinco Sábados Primeros. ¿Por qué es importante el 30 en este contexto? Si uno estuviera trágicamente viviendo en pecado mortal por, digamos, 29 ó 31 años, ¿sería de repente inefectiva la oración? También, ¿cómo constituye un acto de perfecta contrición el rezar por un año completo? Uno pudiera resolver orar por miedo a los castigos divinos, y esto sólo sería atrición. También se necesitaría de una confesión sacramental para el verdadero perdón.

“19. Se le asegurará una unión con el supremo coro de los ángeles.” Esto suena bonito, pero se tendría que tener el fervor y la santidad de un San Francisco para recibir la recompensa de los Serafines o Querubines.

El lector puede ahora ver por qué el Santo Oficio objetó a las Promesas magníficas y, con la autoridad apostólica que poseía, prohibió a las editoriales publicarlas y a los fieles creerlas. Las oraciones en sí están bien, y ciertamente conducentes a la santidad. Yo los animo a rezarlas devotamente todos los días por un año, y es seguro que de ellas fluyan bendiciones.

Pudiera uno preguntarse cómo es que las revelaciones de Santa Brígida pudieran ser defectuosas, después de todo, ¡ella está canonizada! Debe entenderse que el Santo Oficio no condenó definitivamente las Promesas. En cambio, juzgó que no podemos estar seguros de su origen: o son una invención, o no fueron transmitidas con exactitud por los escritores del pasado, o la vidente misma no vio lo suficientemente claro para transmitirlas (pues ningún vidente es oráculo infalible). éste, de los supremos departamentos de la curia romana, simplemente ordenó, con sabiduría y caridad, que las Promesas fueran quitadas de circulación.

Este punto en particular recalca la naturaleza de la revelación privada: está aparte del Depósito de Fe que enseñó Nuestro Señor, que nos fue transmitida por los Apóstoles, y que la Iglesia salvaguardó para nuestra salvación. La Iglesia no recibe ni transmite verdades o revelaciones continuas que sean necesarias para la salvación. Lo único que puede hacer la Iglesia es examinar la revelación privada y determinar si es contraria a la fe y la moral o no. Si no, entonces se presenta a los fieles como algo que puede creerse. Y aunque la caridad, como declara San Pablo a los Corintios, “cree todas las cosas” (I Co. 13:7), sigue estando gobernada por la fe en la dirección de la Iglesia, en su autoridad infalible y en la obediencia a sus decretos. Hacemos bien en estar conscientes de esto, en tanto que hacemos uso de las revelaciones privadas para ayudarnos en el camino de la santidad.

Notas

1 A. & K. Mausloff, Saint Companions for Each Day, Londres: Publicaciones St. Paul, 1959, p. 277
2 The Magnificent Prayers, Rockford: TAN Publishers, 1983, p. 3 — reimpresión de la versión de Marian Publications (1971), South Bend, Indiana
3 Ibid.
4 Ibid.
5 The Pieta Prayer Booklet, Hickory Corners, MI: MLOR Corporation, 1996, p. 5
6 Ibid., pp. 5-6

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