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El riesgo mortal
La moralidad de los “deportes extremos”

Rvdo. P. Benedict Hughes, CMRI

Uno de los fenómenos de nuestra sociedad norteamericana en la década de los noventa es la fascinación por los deportes y las actividades recreativas. En los últimos diez años han evolucionado nuevos “deportes”: actividades peligrosas llamadas “deportes extremos o de alto riesgo.” (Tan populares se han vuelto estas temerarias hazañas que hoy existe una Olimpiada anual para los deportes extremos, y se conoce como Los Juegos X.) Tales deportes incluyen la escalada en roca, el trineo de calle, las piruetas acuáticas sobre tabla de surfeo, el patinaje sobre nieve, el montañismo, el patinaje náutico a vela, por mencionar unos cuantos.

La noción del riesgo en el deporte no es nuevo, ciertamente. Los equilibristas han existido desde hace siglos. En tiempos recientes, el puentismo se ha vuelto popular, así como el ala delta y otras actividades que constituyen un peligro a la vida y a las extremidades. El fenómeno de los noventa, sin embargo, es la explosión en la popularidad de tales deportes. Un ejemplo es el montañismo. En 1989 el número de norteamericanos que perseguían este deporte era de 50 000. Hoy, se estima que son 500 000 norteamericanos los que buscan la emoción de quedar colgando de los precipicios. Los gimnasios que incluyen paredes para trepar preparan al principiante para los escalofríos de esta actividad que ya casi está establecida.

¿Por qué exhibe el espíritu de los tiempos tal fascinación por el peligro? Algunos atribuirán este fenómeno a la moda en nuestra sociedad de eliminar el menor de los riesgos. Nuestro pueblo, loco por los litigios, fuerza a las compañías a eliminar la más remota posibilidad de peligro en sus productos y en sus propiedades. Para una compañía de autos no es nada retirar del mercado decenas de miles de vehículos para cambiar un pestillo o para arreglar un freno. La alternativa (gastar en procesos judiciales) está prohibida. Con tanta sobreprotección, la gente puede que esté buscando más aventura. Otros hallan la causa en el lugar del trabajo. Nuestra sociedad también le proporciona a muchos trabajadores una vida monótona y gris en sus cubículos frente a las pantallas del ordenador o contestando teléfonos. Dicha institucionalización los impulsa a tomar mayores riesgos fuera de la oficina.

Quizá. Pero estas explicaciones de ninguna manera presentan el cuadro completo. Yo creo que nuestra cultura moderna nos da más explicaciones. Tomen, por ejemplo, la cultura de la droga. La adicción al “éxtasis” pide satisfacción. Los deportes de alto riesgo ofrecen una alternativa a las drogas. La cultura de la música de rocanrol también es sospechosa, en cuanto promueve una visión nueva y más benigna de la muerte. Inspirados por el mismo diablo, muchos artistas rocanroleros promueven en sus letras la muerte y el suicidio como un nirvana deseable. Esta familiaridad con la muerte que proporciona la música (y las películas) de rocanrol pueden entorpecer nuestra aversión a ella. Otra posible razón puede hallarse en el movimiento religioso de la Nueva Era. Los adeptos a esta moderna alternativa al cristianismo recalcan las religiones orientales, con sus creencias en la reencarnación. Muchos jóvenes no tienen cuidado del daño, creyendo que la muerte solamente les cambiará la existencia en esta vida mortal, pero que no la terminará.

No nos engañemos en cuanto al peligro de este tipo de actividades. El patinaje sobre ruedas llevó en 1995 a 105 000 personas a la sala de emergencia, muchas de ellas con huesos fracturados, resultantes estos de las colisiones contra el suelo (“Extreme,” US News and World Report, junio 30 de 1997, p. 53). Nancy Prichard, una prominente alpinista, dijo: “Espero perder de tres a cuatro amigos al año” (ibidem p. 56).

¿Puede justificarse tan temerario abandono? Exploremos la enseñanza de los teólogos morales en lo que concierne a la salvaguardia de la vida y la salud, como lo pide el Quinto Mandamiento. Davis dice: “Es pecaminoso exponer la vida por razón de una ostentación vana o cuando no hay posibilidad de obtener un bien equilibrante” (Moral and Pastoral Theology, Rvdo. Henry Davis S.J., 1945, vol. II, p. 146). Jone y Adelman están de acuerdo en que “Arriesgar la propia vida es lícito solamente si existe una razón suficiente (Moral Theology, Rvdo. Heribert Jone OFM y Rvdo. Urban Adelman OFM, 1946, p. 143). La gravedad del pecado depende del grado del peligro. Exponerse a un daño remoto sin razón suficiente sería un pecado venial. El pecado es mortal si se expone a una ocasión próxima de daño grave sin razón suficiente. Pero exponerse a un daño grave con buena razón, como la de rescatar a otra persona, no sería pecado en absoluto. Debe mencionarse que los artículos deportivos sofisticados y la instrucción, así como la destreza y la práctica, pueden reducir en buena parte el peligro de tales actividades.

No quiero exagerar el mal de tomar riesgos. Cualquier actividad en esta vida está llena de peligros, en mayor o menor medida. Todos podemos recordar actividades que disfrutamos, especialmente cuando éramos jóvenes, y que incluían un grado de peligro. De hecho, el papa Pío XI fue un ávido montañista antes de su elevación al pontificado. El papa Pío XII disfrutaba tanto la velocidad que instó a su chofer a manejar más rápido en su viaje a la villa veraniega de Castelgandolfo. Toda vez que nos colocamos detrás del volante estamos en peligro. Así que el problema no es el riesgo. El problema es el riesgo desordenado e injustificado. Y el problema es el quinto mandamiento de Dios. Sean las que sean las razones por las que nuestra sociedad busca el peligro, un buen católico evitará tales actividades, recordando siempre que es en la moderación que se encuentra la virtud.

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