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La Medalla Milagrosa

Rvdo. P. Dominic Radecki, CMRI

Los sacerdotes, religiosos y religiosas de la Congregación de María Reina Inmaculada (CMRI) han sido muy devotos de la medalla milagrosa, y la utilizan constantemente en su hábito religioso. Esta devoción se ha extendido a los miembros de la Cofradía, muchos de los cuales también la han adoptado. El autor de este artículo espera ampliar los conocimientos que el lector pueda tener de la medalla milagrosa; ¡que su mensaje de esperanza fortalezca vuestra confianza en la siempre Virgen Madre de Dios!


El uso de medallas como objetos devocionales data de los primeros días del cristianismo. Las medallas religiosas fueron útiles en la instrucción de los conversos a la fe y para inculcar la devoción cristiana. Quizá también se les permitió contrarrestar la costumbre pagana de utilizar amuletos o fetiches alrededor del cuello.

Durante el siglo XVI, las medallas religiosas se volvieron cada vez más una devoción popular. Toda clase de gente usaba medallas que representaban santos, santuarios y símbolos cristianos. La medalla del jubileo papal, acuñada en 1475, fue distribuida a los peregrinos de Roma y llevada a todas partes del mundo. Las medallas también fueron acuñadas como protección contra la plaga y la pestilencia. Algunas medallas tenían grabadas las figuras de san Sebastián y san Roch para servir de protección, mientras que otras llevaban las imágenes de varios santuarios de la Santísima Virgen María. Alrededor de las figuras a menudo se inscribían varias letras simbólicas, de manera similar a las pintadas en la medalla de san Benito. Representaban oraciones para la liberación de la pestilencia a través del poder de la cruz o por la invocación del santo representado.

Debe recordarse que las medallas religiosas no son amuletos de buena suerte. Son sacramentales aprobados y bendecidos por la Iglesia. El catecismo Baltimore enseña: “Los sacramentales son cosas o acciones sagradas de las cuales hace uso la Iglesia para obtener de Dios, por intercesión de ella, favores espirituales y temporales... Los sacramentales obtienen favores de Dios mediante las oraciones de la Iglesia ofrecidas para quienes los utilizan y mediante la devoción que inspiran.” Innumerables favores espirituales y temporales han sido concedidos a los que usan las medallas religiosas en un espíritu de fe. Estos milagros son sin duda alguna una señal de la aprobación de Dios.

Después del crucifijo y el escapulario marrón, la Medalla Milagrosa es probablemente el sacramental más popular que usan los católicos. Junto con el rosario y el escapulario marrón, comparte la especial distinción de haber sido diseñada en el cielo mismo. En 1830, la Santísima Virgen María se apareció tres veces a santa Catalina Labouré, una novicia de veinticuatro años de la Hijas de la Caridad en París (Francia). Nuestra Señora le reveló el modelo de una medalla que ordenó fuera acuñada, prometiendo gracias abundantes a los que la utilizaran: “Haz acuñar una medalla según este modelo; las personas que la usen bendecida, y recen esta oración con devoción, gozarán de manera especial la protección de la Madre de Dios.” Al principio se conocía como la Medalla de la Inmaculada Concepción, pero llegó a llamarse la Medalla Milagrosa en cuanto la devoción se extendió a todo el mundo y se obraron maravillosas curas espirituales y físicas. Varios papas la dotaron de muchas indulgencias.

La Medalla Milagrosa está llena de simbolismos. En la parte frontal de la medalla se encuentra la Santísima Virgen parada sobre la mitad del globo. Esto simboliza su poder real sobre el mundo, sobre las naciones y sobre todas las almas. Los rayos luminosos que irradian de sus manos representan las gracias que Nuestra Señora obtiene para los que las piden. Asimismo, aplasta la cabeza de la serpiente. Esta imagen representa la enemistad entre Nuestra Señora y Satanás, entre el bien y el mal.

Alrededor de la imagen de Nuestra Señora se halla la siguiente invocación: “Oh, María, sin pecado concebida, ruega por nosotros que recurrimos a ti.” Llama la atención que esta declaración explícita de la Inmaculada Concepción precediera la solemne declaración de este dogma hecha por el papa Pío IX en 1854. Fue el sello de aprobación del cielo, y sería reafirmada en 1858 en Lourdes, cuando la Señora de las Apariciones declaró a santa Bernardita: “Yo soy la Inmaculada Concepción.”

En el lado dorsal de la medalla se trazan doce estrellas, que representan los doce privilegios de Nuestra Señora. También simbolizan a los doce apóstoles, y nos recuerdan que Nuestra santa Madre es la Reina de los apóstoles. En el centro, el monograma de María (la letra ‘M’) está coronado por una cruz, la cual tiene una barra en su base. La ‘M’ representa a María, nuestra Madre y Mediatriz, y la cruz representa el amor infinito que nos tiene Cristo.

El siguiente ejemplo, que ocurrió en 1837, prueba el poder de este sacramental y la bondad de la Santa Virgen María. Un fraile había estado sufriendo por mucho tiempo de un pie malo, que ningún remedio podía curar. Su enfermedad se agravaba cada día que pasaba. El cirujano juzgó que era necesario amputar. Asustado por la posibilidad de esta operación, el paciente recurrió a la oración, mas sintió poco alivio. Una noche, cuando sufría más de lo normal, pensó recurrir a la medalla milagrosa que tenía alrededor del cuello. Se la quitó y deslizó la medalla entre las vendas que envolvían su pie, de tal manera que tocara la parte enferma. También rezó la pequeña oración: “Oh, María, sin pecado concebida, ruega por nosotros que recurrimos a ti.”

Inmediatamente sintió que el dolor pasaba y cayó en un sueño profundo. Así quedó hasta las cinco de la mañana. Al despertar, se maravilló de encontrarse libre del dolor. Tocó su pie, lo movió, lo extendió: sin sufrir nada; la enfermedad había desaparecido totalmente. Corrió con su superior y le contó la historia de su milagrosa cura. La comunidad religiosa se unió a él en oraciones de acción de gracias.

Debajo del monograma se hallan el Sagrado Corazón de Jesús y el Inmaculado Corazón de María. Según la iconografía tradicional, el Sagrado Corazón de Jesús está rodeado de una corona con espinas; el Inmaculado Corazón de María está traspasado por una espada. Juntos, estos dos corazones nos hablan del amor inseparable de Madre e Hijo. También hacen un llamamiento a nuestra conciencia de imitar la caridad y el sacrificio de Jesús y María. La caridad, esto es, el amor a Dios y el prójimo, siempre está unido a la cruz.

La Medalla Milagrosa es una señal de confianza en el cuidado y la protección maternal de Nuestra Señora. Aunque pequeña en tamaño, es potente espiritualmente. Hasta puede llamarse una oración en la forma de medalla: su propósito es inducirnos a invocar a Nuestra Señora. Nuestra Santa Madre diseñó ella misma esta milagrosa insignia de sus hijos fieles, y la Iglesia la bendice con la oración solemne y sanciona su uso devoto. Nuestra Señora prometió que los que la usaran recibirían por ello “gracias abundantes” y muchos favores maravillosos han alcanzado quienes le rezan con confianza.

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Obispo Mark A. Pivarunas, CMRI
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