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Nuestra Señora de Guadalupe:
Una misión fotográfica

Por Howard Earp

Howard Earp fue presidente del Apostolado de Portland de Nuestra Señora de Guadalupe y agente especial del FBI. Este artículo apareció por primera vez en el Mount Angel Letter poco después de su privilegiada misión en 1963 para fotografiar la imagen milagrosa.

Haber sido escogido para fotografiar el incomparable autoretrato de N.ª Señora de Guadalupe bajo la condiciones más idóneas fue, ahora me doy cuenta, más un privilegio que un encargo. Hoy ver las impresiones a color, resultado de muchas horas de trabajo en el andamio ante su imagen, y de los esfuerzos del P. abad Columban y de la intensa labor de una imprenta de Portland, es casi un anticlimax. A través de ellas recuerdo lo sucedido hace un año en primavera: el abad Columban, de la abadía trapense de Oregon, me pidió que lo acompañara con un equipo completo de cámaras fotográficas a la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe en la Ciudad de México para obtener los verdaderos colores de esta imagen milagrosa.

¿Una tarea rutinaria? Difícilmente, pero sentí que no sería tanto con la ayuda que se nos daría, con una cámara Speed Graphic grande de 35 mm para mayor versatilidad, y con los accesorios usuales que exige la fotografía a color: fotómetros, cuadros de gráficos de color, filtros, y mucho film. Así que abordamos el jet en Portland hacia nuestra misión.

El abad Columban me proveyó de un folleto que narraba la historia de la única aparición conocida de N.ª Señora en las Américas. Lo leí. No tuve dudas acerca de la autenticidad de las apariciones ni de su retrato. La constante e inalterable tradición de más de cuatro siglos, los reconocimientos y honores dados a este santuario por muchos papas y la Iglesia, después de investigaciones largas y prudentes, y el homenaje de, literalmente, millones de peregrinos me fueron suficientes. Yo podía creer que un indígena de mediana edad llamado Juan Diego había conocido y hablado con nuestra hermosa Señora en la árida colina del Tepeyac; también podía creer que en el lado rocoso de la colina, en pleno invierno, crecieran rosas de Castilla milagrosas; y que Juan Diego las tomara en su desgastado tilma de ayate, como señal para el Obispo Zumárraga, primer obispo de México. Pero el retrato en sí, impreso en su tilma, lo pudimos ver muy de cerca: aquí se encontraba una señal milagrosa que había confirmado la identidad de la Señora y su mensaje; y con lo cual se convenció el anteriormente escéptico obispo. Volví a leer las notables palabras del papa Pío XII: “... ahí, según la tradición, floreció el milagro, y en la tilma del humilde Juan Diego, brochas fuera de este mundo pintaron una tiernísima imagen, que la obra corrosiva de los siglos ha respetado maravillosamente.”

¿Milagroso? Sí, pero no más ni menos que otras apariciones de N.ª Señora, acerca de las cuales he oído y leído. Nuestro Señor obró su primer milagro público en Caná por causa de ella. No hay razón para creer que no continuaría haciéndolo.

Sentí que fotografiar la tilma con el debido respeto, por su naturaleza milagrosa, podía llevarse a cabo cuidadosamente y rutinariamente con las preparaciones que habíamos hecho.

¡Pero no era rutina! Desde que entré en la Basílica sentí la “verdadera” presencia de N.ª Señora. Y aunque esto no es una experiencia excepcional (ahora lo sé porque he preguntado a otros que han estado ahí, y ellos han tenido la misma sensación), para mí, esperar fotografiar una imagen y encontrarme sobre un alto andamio frente a algo más que su retrato, y sentir que de alguna manera misteriosa su presencia permanecía allí fue una experiencia tremenda e inolvidable. ¿Cómo es posible? Recuerdo sus palabras a Juan Diego: “¿No estoy aquí?” y “aquí oiré las oraciones de todos los que me invocan.” Tal vez esa era la explicación. Ella fue fiel, guardó su promesa. Me sentí inmerecedor de esta experiencia, pero la acepté con humildad.

Encontré que nuestro trabajo con la imagen fue muy inusual, con mucho, fue el trabajo más fascinante que haya tenido. Tomó lugar después de que la Basílica hubiera cerrado por la tarde en dos ocasiones por separado, y continuó hasta muy después de la medianoche, es decir, en momentos en que se podía colocar el andamio sobre el altar principal, ante la imagen, y con el cercado de vidrio abierto.

Antes que nada, el abad Columban, un impresor, y yo trabajamos con gráficos de color en un intento por igualar las sombras y colores del original. Los resultados serían utilizados para revisar las reproducciones que se habían hecho. Estos gráficos de colores contenían pequeños cuadros que iban desde un sombreado claro a uno oscuro de cada color. Pero después de una revisión y comparación larga se descubrió que ninguno de los cuadros iba a tono con los colores delicados de la imagen, los cuales siempre parecían estar “en medio” de los sombreados; y una o dos veces después de haber decidido sobre un color, un cambio en la luz causaba cambios marcados en las sombras de la imagen milagrosa, ¡aunque no en los gráficos de color que yo tenía! Era algo enigmático y confuso. No pude más que concluir que esta imagen no reflejaba la luz como cualquier otro objeto que haya visto. También noté que los colores parecían cambiar con la distancia. Desde la parte de atrás de la Basílica, el manto parecía un verde-azul delicado, suave, muy pastel, fresco y hermoso. Pero de cerca, parecía un azul más oscuro. Muy de cerca, vi la desigual textura del artesanal lienzo de cacto: la imagen parecía haberse “imprimido” encima. No vi nada de pincelazos.

En ratos, era difícil concentrarse sobre estos detalles, pues el impacto de su retrato me era abrumador. Era indescriptiblemente real, sus características parecían las de una persona viviente, particularmene la cara y los ojos. Como laico, esto no lo puedo explicar, sólo conozco mi impresión. Vacilé en hablar de ella por miedo a un malentendido o a la exageración. Pero desde que entré a la Basílica hasta que me fui, y cuando estuve sobre el andamio, sentí su “presencia.” Es por eso que lamenté irme y por lo cual quiero regresar.

Se obtuvieron muchas imágenes de su bello retrato: de tamaño completo, de cabeza y hombros, de su cara, sus manos, y hasta del ángel que muy contentamente la sostiene sobre la media luna. El abad Columban, los impresores y yo creemos que los colores de las impresiones finales corresponden tanto al original como es humanamente posible.

Pero más importante para mí es el hecho de que Nuestra Señora de Guadalupe nos dejó su tierno mensaje y que “imprimió” su maravilloso retrato, no sólo en la tilma o nuestro catálogo de colores, sino en mi corazón y mente. Comprendí con mayor claridez que sus palabras como Madre compasiva fueron para toda la humanidad, y que vino a Norteamérica, así como a Centro y Sudamérica. Espero que más gente de aquí comprenda esto y vaya a su santuario y la conozca como nosotros hemos hecho, y la reciban en sus hogares y corazones, pues ella es su Madre, y nunca está separada de él, y nos llevará a él.

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Obispo Mark A. Pivarunas, CMRI
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