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La generosidad: viviendo el mensaje de Fátima

Sor Mary Agatha, CMRI

“Cuando visité a sor Lucía, me recibió llena de tristeza... Lo primero que me dijo fue: ‘Padre, la Santa Virgen está muy triste porque nadie hace caso de su mensaje, ni los buenos ni los malos. Siguen con su vida de virtud y apostolado, pero no unen sus vidas al mensaje de Fátima.’”
 Padre Agustín Fuentes


No importa cuántas veces hayamos oído o leído de Fátima, siempre toleramos la repetición de su mensaje. Las apariciones en Fátima (Portugal) en 1917 fueron un gran acto de misericordia divina, pues derramaron gotas de luz y gracia sobre este mundo atribulado y pecaminoso. Pero mientras muchos católicos tradicionales estiman sin reserva el mensaje de Fátima, uno se pregunta cuántos de nosotros, a los ojos de Dios, verdaderamente cumplimos los pedidos de Nuestra Señora tal como Él lo desea.

A finales de la década de los cincuenta, al padre Agustín Fuentes, postulante romano para las causas de Francisco y Jacinta Marto, se le dio la rara oportunidad de entrevistar a sor Lucía, la única vidente de las apariciones en Fátima que sobrevivió. En una conferencia dada a las Hermanas Misioneras del Sagrado Corazón y de Nuestra Señora de Guadalupe el 22 de mayo de 1958, el padre Fuentes describió su entrevista:

“Cuando visité a sor Lucía, me recibió llena de tristeza... Lo primero que me dijo fue: ‘Padre, la Santa Virgen está muy triste porque nadie hace caso de su mensaje, ni los buenos ni los malos. Siguen con su vida de virtud y apostolado, pero no unen sus vidas al mensaje de Fátima. Los pecadores siguen por el camino del mal...’”

Es sorprendente que Nuestra Señora se entristeciera incluso por aquellos que llevan vidas de virtud y que siguen un apostolado activo. Con frecuencia se describe el mensaje de Fátima como si no fuera más que el vivir nuestra fe católica. Con todo, aquí las palabras de sor Lucía nos llevan a pensar que nuestra Santa Madre espera más. Pero ¿en qué sentido? En otras palabras, ¿qué significa unir nuestras vidas al mensaje de Fátima?

La simplicidad del mensaje de Fátima es indisputable. Lo simple, sin embargo, no siempre significa fácil: las peticiones de Nuestra Señora no son difíciles de entender, pero sí requieren de generosidad y autosacrificio. La oración, el sacrificio, la reparación, la penitencia: estas cosas constituyen lo que llamamos la vida cristiana. Mas si Dios vio que era necesario enviar a su Madre a la tierra para recordarle a los fieles que utilizaran estos medios, ¿acaso no implica que no están siendo usados con la suficiente generosidad? Para todos -pero especialmente para aquellos que viven vidas de pecado grave- esto significa, antes que nada, enmienda de la vida: “Los hombres deben dejar de ofender a Dios, pues ya está muy ofendido.”

Evitar el pecado, no obstante, es solo el comienzo. No debemos pensar que estamos haciéndole un favor a Dios al evitar el pecado mortal; eso es lo menos que pide de nosotros. La vida cristiana es mucho más que una simple lista de prohibiciones; es esencialmente una vida de amor. El amor significa autosacrifcio y entrega a la voluntad de Dios, es decir, generosidad. Quizá, entonces, sea esta la clave para vivir el mensaje de Fátima en armonía con los deseos de Nuestra Señora.

En su entrevista con el padre Fuentes, sor Lucía recalcó que la oración y el sacrificio son las dos armas que Nuestra Señora nos dio. Obviamente con esto no se quiere decir que estos medios de la gracia son nuevos para la vida espiritual. Sin la oración, no puede haber verdadera enmienda de vida, y el sacrificio es parte de la vida cristiana: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y me siga” (Mt. 16:24).

Aplicando el principio de generosidad de manera práctica, ¿cómo podemos ser más generosos en nuestra vida de oración? ¿Esperan Jesús y María que pasemos nuestros ratos libres de rodillas en oración en presencia del Santísimo Sacramento? Sor Lucía nos contesta de la siguiente forma:

“La oración es una conversación con Dios, nuestro Padre celesital. Pero no es necesario estar en la iglesia o ante una sagrada imagen para conversar con Él. Podemos rezar en cualquier parte, en la calle, en la escuela, en la oficina, en el taller, en todas partes.”

Esto es una repetición de las palabras de san Alfonso de Ligorio, el gran doctor de la oración, quien escribió:

“No se te pide que pienses continuamente en Dios y que dejes a un lado el cumplimiento de tus deberes y recreaciones. El único requisito es actuar para con Dios en medio de tus ocupaciones, tal como lo haces con aquellas personas que te aman y que tú amas aun cuando estás ocupado.

“Dios siempre está a tu lado, es más, Él está en ti. ‘En Él vivimos y nos movemos y somos’ Habla con Él frecuentemente de tus negocios, tus planes, tus problemas, tus miedos, de todo lo que te preocupa. Pero, sobre todo, conversa con Él confiadamente y con franqueza, pues Dios no suele hablar con un alma que no habla con Él” (How to Converse Continually and Familiarly with God, Daughters of St. Paul, Boston, MA, 1981, p. 22-23).

Sor Lucía luego explica lo que quiso decir con sacrificio:

“Todos nosotros, independientemente de nuestro estado de vida, debemos sufrir. Debemos sufrir a causa del pecado original y también como verdaderos seguidores de Cristo. Todo mundo tiene algún tipo de aflicción, contrariedad, enfermedad o problema que soportar. Nuestro Señor ofrece su cruz a todos; debemos amarla y abrazarla. Mas no solo debemos aceptar los sufrimientos que nos manda, debemos también de tener la generosidad para hacer muchos sacrificios. Todo cristiano es ‘otro Cristo’ y, como tal, debe estar dispuesto a orar y sufrir por las almas. Ahora, más que nunca, debemos hacer nuestro egoísmo a un lado. Debemos salvar nuestras almas o las perderemos junto con muchas otras almas, pues ellas dependen de nuestra correspondencia a la gracia. Si perdemos nuestras almas, asimismo perderemos a muchas otras.”

“El hacer a un lado nuestro egoísmo” nunca ha sido algo fácil para el ser humano, pero hoy casi todo dentro de nuestra sociedad milita contra la negación propia. La psicología moderna, que recalca la autoestima y la superación personal, se ha infiltrado en casi todas las facetas de nuestra sociedad. Incluso a los católicos tradicionales se les puede hacer que caigan de una vida de autosacrificio a un estado de fastidio emocional y de preocupación por los sentimientos propios. ¿Qué efecto ha tenido esta mentalidad en la manera en que los católicos viven hoy el mensaje de Fátima, el cual implora la oración y el sacrificio, es decir, la generosidad con Dios? ¿Qué diría hoy nuestra Santa Madre a los católicos?

Es fácil perderse en nuestros pequeños mundos y olvidar cuán desesperadamente se necesita el mensaje de Fátima. La luz de la fe brilla débilmente en el mundo; muy pocas misas se ofrecen para pedir las gracias del cielo. Muchísimas almas han sido privadas de los medios de la gracia, los cuales, no hace mucho, abundaban. La súplica de Nuestra Señora por la oración, el sacrificio, la reparación y la enmienda de la vida es más urgente que nunca. “¿Desean ofrecerse a Dios, para soportar todos los sufrimientos que le plazca enviarles, como acto de reparación por los pecados con que es ofendido, y pedir la conversión de los pecadores? ...” ¿Serás generoso?

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